Kupido, miserable mocoso agrandado e impúdico, qué te habrás creído viniendo a ilusionarlo a uno, pinchándonos con tu flechita cursi y poderosa, haciéndonos olvidar que el amor no es más que una reacción química creada con un único fin, que crezcamos y nos multipliquemos, como las ovejas mamíferas que somos, miserable rata alada, cómo no te atragantas de chocolatitos y te vas por un tubo, cabrón.
Como si uno tuviera la vida entera para andar por ahí suspirando y muriendo de esperanza en sabe Díos qué esquina oscura, como si el tiempo no corriera, como si las oportunidades fueran eternas, como si el amor fuera eterno. Cuando el amor puede ser eterno sólo de dos maneras: 1. Si es platónico, 2. Si es de lejos... Capullo calato, llenándonos los ojos de estrellas cuando la luna hace rato que se murió de un cuadro severo de stress...
Cómo serás de hijo de puta, tú y tu taparrabo marketero y tu permanente perfecta y acondicionada, me caes mal, tramposo, ilusionista, estafador.
El ser humano no es digno de aspirar al amor. El ser humano no es digno de iniciar la destrucción. El ser humano es imperfecto y ambicioso. Y ahí entras tú, metiche, polizonte.
Espero que pronto llegue una generación nueva, que te meta tus rositas importadas por el kulo, que rechaze el chocolate por droga y por hipócrita, que sepa lanzar sus propias flechas de amor. Una generación certera, dueña de sí misma, que aprenda a amar al humano como hay que amarlo, sin esperar nada de él por que lo más probable es que no te devuelva nada. Nada. Ilusión. Triquiñuela.
Grandísimo turista de la humanidad. Vete de una vez a tus playas paradisíacas donde el sol brilla todo el año y no deja marcada la piel. Vete con tus monigotes perfectos que siempre saben como acoger al amor. A ver si se mueren ahogados en piñas coladas.
Vete al karajo, Kupido estúpido.
viernes, 15 de febrero de 2008
domingo, 3 de febrero de 2008
Como una Reina - J.A.Galloso
El Mal Viaje, su último libro, ya está en todas partes. Hasta en Wong. Alucinante. La chapa que tenía José cuando lo conocí, era la de Perro , y he recordado esto mientras me recorría todo su - interesantísimo- blog en busca de este cuento. Poeta, ¿dónde está Como una reina? No sé, habría que buscarlo... No importa, valió la pena. Hace mucho que quería compartir con ustedes a mi escritor vivo preferido. El Poeta -como lo llamamos por aquí- ha publicado con varias editoriales, entre ellas Alfaguara. Caleta, despacito. Maleconero poderoso. El eterno canoso este merece su propio post, pero será otro día. Con ustedes...
PD: No sean zánganos !!! El cuento es largo, pero les juro que no podrán dejar de leerlo una vez que empiecen.
COMO UNA REINA
Bajó del autobús y se puso a caminar a través de las polvorientas calles de su barrio. La tarde caía sobre la urbe. El cielo gris se oscurecía sobre la línea de los cerros próximos. Llevaba una bolsa de papel entre los brazos. Avanzaba a paso lento, como si su mente se encontrara atrapada en espacios lejanos. Se detuvo frente a un teléfono público, colocó la bolsa entre los pies, sacó una moneda del bolsillo trasero del pantalón, la metió en la ranura metálica y marcó un número.
-¿Aló? -reconoció la voz fingida a través del auricular.
-¿Shirley? -preguntó y no pudo evitar fingir la propia. Era ya casi un acto natural.
-Sí, ¿quién habla?
-La Reina.
-¡Ay! Mírala a esta loca, ¿dónde has estado metida, oye?
-No sé, me dio la locura.
-¡Por eso te mandaste a mudar sin avisar!, ¡malagradecida!
-Discúlpame Shirley, no fue a propósito.
-¡Perra loca! Me tenías súper preocupada. Pensaba que te había pasado algo.
-Lo siento.-Pero, ¿cómo estás?, cuéntame, cuéntame.
-Estuve un poco mal, pero ya estoy mejor.
-¿Tienes algo?-No -dijo después de un segundo de silencio.
-¿De verdad?, ¿estás segura?-Ay, querida -dijo tratando de fingir buen ánimo-, ¿quién está segura de nada en estos días?
-¿Y, a dónde te fuiste?
-No muy lejos de tu casa, ¿por qué no apuntas la dirección?
-¿Ahora sí, no, ingrata?-Ya te dije que lo siento.
-Un ratito, voy por un lapicero.
-Rápido que se me acaba la moneda.
-Ya, listo. A ver, dime.Le dio la dirección.
-Pero, ¿de verdad estás bien?
-Sí, te lo juro.
-No sé por qué no te creo, Tienes una voz de muerta.
-De verdad, Shirley, todo está bien.
-¿No quieres que vaya a tú casa ahora mismo?, Mira que salgo al toque.
-No -le dijo-, esta noche no puedo, ya tengo planes, Pero por qué no te vienes mañana.
-Mañana, ¿cómo a qué hora?
-Como a las seis de la tarde estaría bien.
-¿Estás segura de que estás bien?
-Si amiguita, no te preocupes.
-Te quiero mucho.
La comunicación se cortó. Colgó el auricular. Una lágrima se descolgó lenta. Resbaló por la mejilla hasta el mentón y cayó sobre la tierra. Se limpió el rostro con una mano, recogió la bolsa de papel y retomó el paso a través de las calles del barrio. Las casas se sucedían en silencio. No había gente transitando por las pistas sin asfaltar. De vez en cuando se cruzaba con uno que otro transeúnte que, como todo el mundo, no podía evitar mirarlo de reojo. Siempre había sido así. Todo el mundo tenía que mirarlo. Las luces de los postes se encendieron. Sacó un manojo de llaves y se detuvo frente a una puerta. Entró a una casa muy pequeña. Las pesadas cortinas de lona estaban cerradas. Una gruesa biga de madera sostenía el techo de calaminas. El lugar se encontraba sumergido en la penumbra pero no encendió la luz. Olía a humo de cigarro y a polvo pegado en los muebles, en la ropa, en las paredes. Colocó la bolsa sobre la meza y se dejó caer sobre el único sillón. Estaba sumamente flaco. Más que nunca en su vida. Las extremidades largas y huesudas se estiraban como patas de araña. El pelo largo y negro le cubría la mitad del rostro e intensificaba las facciones de la parte descubierta. El pómulo salido. La piel oscura. La ceja depilada hasta quedar convertida en una línea negra que todos los días tenía que volver a pintar sobre los huesos toscos de la frente. Metió la mano al bolsillo del pantalón, extrajo una cajetilla de cigarros, la abrió, sacó uno y lo encendió. La flama del encendedor reveló la profunda oscuridad contenida en su mirada. El vacío y la tristeza parecían habitar en cada uno de sus movimientos. La flama reveló también, esas manos de dedos largos y chuecos. Fumaba con mucha paciencia, con la mirada perdida en el cielo raso.
* * *
Crecer había sido duro. Cada año había sido un siglo de dolor constante y de reparo, de descubrimiento paulatino de esa verdad atroz que sería su felicidad única y también su cruz. Cada año interminable en esa casa, en esa escuela, como si hubiera nacido para no ver jamás la luz del día. Nunca supo otra cosa que no fuese eso de saberse diferente, de esperar desde chiquito el momento de quedarse a solas para vestirse apurado con la ropa de su madre. Rápido y con miedo, pero ansioso por mirarse al espejo y sentirse feliz por un segundo, porque, después, venía el miedo enorme que lo obligaba a sacarse la ropa y dejar todo tal y como estaba. El miedo enorme que era su padre en la casa. Una sombra oscura con olor a alcohol y a gritos y a golpes. Porque el hombre tenía la obligación de corregir y para corregir había que dar golpes. Pero con Ernesto su padre no pudo, a pesar de que lo había golpeado duro y hasta cansarse, nunca pudo arreglarlo. Ernesto había nacido estropeado, torcido. Simplemente había sucedido así. Chueco desde el principio. Sufrido para siempre. Por más que lo intentaba no podía ocultarlo. Saltaba a la luz cuando corría por las calles con sus hermanos, cuando no le salía ni una miserable jugada en la cancha de fútbol, cuando prefería mil veces jugar al vóley con las chicas o sentarse en la vereda con las rodillas juntas, juntísimas.
* * *
Se adelantó un poco hasta quedar sentado al borde del sillón, dejó el cigarro colgando entre los labios, tomó la bolsa de papel, extrajo una caja, la apoyó sobre los muslos, la abrió y sacó una botella de whisky Swing. La observó un rato entre sus manos, la colocó sobre la mesita y con un leve golpe activó el movimiento pendular. Le había costado un ojo de la cara pero no era para menos, la ocasión así lo ameritaba. Se quedó mirando la botella y por unos instantes todo fue el sonido de ese vaivén de vidrio rebotando en las paredes. Se levantó, tomó la botella por el pico, se fue a la cocina, echó unos cubos de hielo en un vaso y la llenó hasta el borde. La cocina estaba inmunda. Los platos con comida seca y pegoteada desbordaban el lavabo. Los vasos usados y las ollas ocupaban las repisas. Bebió un sorbo largo y seco. Se concentró en el sabor a madera, en el olor antiguo del whisky. Con el vaso en la mano se dirigió hacía el cuarto de baño. El piso de la ducha estaba cubierto de moho. Tiró lo que quedaba del cigarro en la taza del excusado y tomó otro trago antes de empezar a desvestirse. Su cuerpo flaquísimo y desnudo dejó expuesta la fealdad imposible de su cuerpo. Volvió a beber. El espejo sobre el lavabo estaba roto. Evitó encontrarse con su reflejo fragmentado. Entró a la ducha y, con los brazos caídos y los ojos cerrados, dejó que el agua fría recorriera el cuerpo.
* * *
Las primeras explosiones se escucharon a las diez de la mañana. Sus hermanos y sus padres se estaban terminando de arreglar para ir a la plaza. Ernesto estaba echado en la cama, tapado con las frazadas hasta la cabeza. Tú no vas, le había dicho su padre durante el desayuno, no quiero pasar vergüenzas, esta es una fiesta decente. Pero viejo, quiso intervenir su madre. Pero nada, él se queda a cuidar la casa y punto. Escuchó la puerta al cerrarse. Era la primera vez que le prohibía ir con ellos a la fiesta del patrono San José. Con seguridad su padre no se había podido olvidar de la fiesta del año anterior, cuando, después de haberse bebido unas cervezas de más, Enrique, con sus catorce años confusos, se había puesto a bailar como loco, como si nadie lo estuviera viendo, había perdido la compostura que siempre había tratado de mantener, y su padre, que estaba más borracho que todos, lo jaló con fuerza por el brazo, le dio una cachetada tremenda y lo mandó a su casa para siempre. Esperó unos minutos para asegurarse de que no regresarían. Se secó las lágrimas, se destapó, se puso de pie, fue a la sala y encendió el viejo televisor blanco y negro. Se pasó toda la tarde viendo telenovelas mejicanas mientras sufría al escuchar la música, la risa, las explosiones de los cohetes en la plaza. Y, como siempre, se sintió sólo, lejos de todos, desplazado. Cuántas veces había tratado de cambiar, de arrancar de su corazón aquella verdad que significaba vergüenza, pecado, oscuridad. Cuántas veces se había jurado que se iba a portar como todo un hombre, que iba a conseguir una enamorada y que iba a dejar de ser aquello que inevitablemente era. Pero siempre había sido inútil, a pesar de las interminables horas de rezo, de súplica desesperada: Por favor Diosito, por favor, haz que me despierte siendo como mis hermanos, como mi padre, haz que no vuelva a mirar a los hombres con estos ojos que me duelen en el alma. Pero nada pasaba. Cada día se levantaba siendo más que nunca aquello que nadie quería que fuese, ni siquiera él.Se quedó dormido frente al televisor. Enroscado sobre si mismo.
El sonido del timbre, seguido por una serie de golpes insistentes en la puerta lo despertaron. Abrió los ojos y se levantó. Ya era de noche. Se acercó a la puerta y miró por el ojo de buey. Era su primo Edson. ¿Qué pasa?, le preguntó al abrir la puerta. Nada, nada. ¿Todo está bien? Sí. Entró tambaleándose hasta dejarse caer en el sofá. Tenía los ojos muy rojos y le costaba fijar la vista. Edson tenía 19 años y era el sobrino favorito de su padre. Jugaba fútbol en el equipo del barrio como centrodelantero y ya llevaba dos años siendo el goleador del equipo. Era alto, de rasgos fuertes, con la cara cortada en ángulos definidos, con los ojos marrones y almendrados, con el pelo negro, lacio y largo hasta los hombros, con el cuerpo estilizado y atlético de los jóvenes deportistas. Todas las chicas del barrio se morían por él. ¿Tienes hambre?, le preguntó. Sí. Enrique se levantó y fue a la cocina a prepararle algo de comer. Encontró un poco de pan y un par de huevos. Sacó la sartén, la colocó sobre la hornilla, la encendió y le echó un chorrito de aceite. Edson cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Ernesto no podía sacarle los ojos de encima mientras freía los huevos. Siempre le había gustado. Cada vez que había un juego, él era el primero en estar listo para ir a la cancha. Su padre y sus hermanos pensaban que era porque le gustaba el fútbol, pero eso no era cierto, él iba para ver a Edson, para verlo correr sobre la cancha de tierra, sudando, con el pelo mojado, con ese short azul que dejaba expuestos esos muslos poderosos contrayéndose tras cada zancada. Tomó una espátula, sacó los huevos de la sartén y los colocó en un plato junto con dos hogazas de pan. Apagó la hornilla y retiro la sartén del fuego. Toma, Es lo único que había. Edson abrió los ojos, se enderezó con esfuerzo y tomo el plato. Espero que te guste. Se sentó junto a él y lo observó en silencio mientras devoraba la comida como un animal salvaje. La yema líquida, amarilla y tibia, se le chorreaba entre los dedos que lamía con fruición. Masticaba con la boca abierta produciendo una serie de sonidos que, en cualquiera de sus hermanos le habría producido asco, pero en su primo no, ante él, todo era diferente. Al terminar de comer, Edson dejó el plato sobre la mesita de centro y volvió a recostarse en el sofá. Olía a cerveza, a sudor de baile tupido en la plaza. La camisa estaba mojada, pegada a los pectorales, la respiración se escuchaba muy fuerte, el pecho subía y bajaba. De pronto, una arcada le hizo convulsionar el cuerpo, se paro de un solo impulso y salió corriendo hacia el baño. Ernesto fue tras él. ¿Necesitas ayuda?, le preguntó pero no obtuvo respuesta. Estaba arrodillado con la cabeza sobre el excusado. Ernesto se acercó para ayudarlo. Se agachó, con una mano le sujetó la frente y con la otra lo tomó por el estómago. Tranquilo, tranquilo, le decía, tienes que botar todo el alcohol, Después te vas a sentir mejor. La mano que sujetaba la frente lo empezó a acariciar poseída por una fuerza superior a cualquier voluntad.
* * *
Como una reina y al diablo todo se dijo y abrió los ojos. Tomó una esponja, le echó un champú especial para la piel y empezó a frotarse el cuerpo. Con ambas manos. Despacio. El pecho. Las piernas. Lentamente. El cuello. La nuca. Muy despacio. Con los ojos cerrados. Se imaginó que estaba en un baño muy elegante. Blanco. Era una visión muy clara. Un baño blanco. Una gran tina blanca. Una gran ducha blanca. Blanquísima. Se imaginó lejos de ese lugar decadente y apestoso en el que se encontraba atrapado. Era gratificante sentir el agua corriendo. El agua que todo lo limpia. La esponja que todo lo limpia. Los ojos cerrados que todo lo limpian. Y las manos. Las dos manos. Sobre el pecho. Sobre las piernas. Sobre el sexo. Despacio. Una y otra vez. Lentamente. Sobre el sexo. De nuevo. Otra vez. Y los cuerpos de fuego empezaron a surgir caprichosos en la mente. Y el agua. Y la esponja. Y las lenguas de fuego. Y las manos de fuego. Y ese hombre de fuego imposible de olvidar. Todo era sólo él hombre en ese instante. Todo era sólo el hombre. Los ojos cerrados. La mente. La esponja. Las visiones de esos cuerpos sudorosos. Y el agua. Y las manos. Y el sexo. Todo era el sexo. Todo era el sexo blanco hasta el final. Todo era sólo Edson en la memoria. Todo era sólo el fuego. Abrió los ojos y se encontró consigo mismo, horrible y olvidado, lejos del mundo. Tomó un frasco de crema de afeitar, lo agitó y lo untó a lo largo de su piel grisácea, enferma. Tomó luego una máquina de afeitar y empezó el proceso mil veces repetido de rasurar todo su cuerpo.
* * *
Edson terminó de vomitar. Su camisa y sus pantalones estaban manchados, con olor a bilis, a fermentos etílicos. Ernesto sabía que estaban solos, acompañados por las voces que llegaban desde la sala en blanco y negro, por las explosiones de los cohetes, por la música débil de la plaza que le decía como un susurro oscuro que nadie llegaría pronto. Recostó a Edson contra la tina. Tranquilo, le dijo, jaló la cadena del excusado y limpió el piso con papel higiénico. Luego se dejó llevar por los impulsos. Trataba de que cada movimiento surja natural desde el centro de su corazón acelerado. Mira cómo estás, le dijo, qué vergüenza, pareces un borracho cualquiera, no quiero que mi madre te encuentre así. Será mejor que te bañes y te cambies. No, déjame, le dijo Edson. Tranquilo, tranquilo, insistió Ernesto, no va a pasar nada, déjame ayudarte, yo te puedo prestar ropa. A ver, párate, párate. Asu macho, estás bien pesado. A ver, ayúdame un poco. Así, eso es. Empezó a desabrocharle la camisa, botón por botón, muy despacio. El pecho fue quedando al descubierto, la piel morena, los músculos jóvenes y definidos. Tenía un poco de reparo antes de ejecutar cada movimiento, pensaba que Edson podría reaccionar mal, largarlo de un solo manotazo violento y ofendido, pero nada de eso pasó. Su primo se quedó muy tranquilo, con los ojos cerrados se dejó sacar la camisa. No dijo nada cuando Ernesto se agachó y después de desabrochar el botón del jean empezó a bajarlo lentamente. El corazón se le salía del pecho. Nunca antes había estado tan cerca a un hombre. Nunca antes el deseo lo había tomado con tanta fuerza desmedida. ¿Qué haces?, murmuro Edson. Tranquilo, primo, un baño te va a caer muy bien. Ven siéntate aquí. Obedeció y se sentó sobre la taza del excusado. Ernesto colocó el tapón, abrió el grifo del agua caliente y fue al cuarto de sus hermanos a buscar algo de ropa que le pudiera prestar. Estaba ansioso, dominado por una serie de emociones extrañas, intensas, desorbitadas. Regresó al cuarto de baño, dejó caer la ropa al piso, cerró el grifo y probó con la mano que el agua no estuviera demasiado caliente. Listo, primo, ahora, sácate la ropa interior y métete al agua. Todo se salió de proporciones al ver el cuerpo desnudo tendido bajo el agua. Sin poder controlarse, tomó una esponja y empezó a frotar la piel de cobre. ¿Qué estás haciendo?, le preguntó Edson, ¿estás loco? Ernesto se detuvo por unos instantes, esperaba que Edson le pidiera que se fuera, que lo dejara en paz, pero no lo hizo. Por el contrario, cerró los ojos y se relajó por completo. Muy despacio, volvió a colocar la esponja sobre el pecho desnudo, casi no rozaba la piel. El presentimiento de algo oscuro bullía en su interior pero no podía dominar el instinto, no podía detenerse. Después de todo, Edson no se estaba rehusando a las caricias, después de todo, él seguía con los ojos cerrados, como no queriendo ver, o quizá, como queriendo imaginar escenas lejanas. Nada existía en el mundo. Sólo Edson dejándose tocar. Sólo la certeza de saberse pleno, más cerca que nunca de sí mismo, con unas ganas terribles de mirarse al espejo y estallar en carcajadas de alegría plena. Luego, después de que todo había terminado, mientras su primo dormía muy tranquilo en la cama de su hermano y él lo contemplaba desde el vano de la puerta, Ernesto tuvo la clara certeza de que no habría vuelta atrás. El viaje más oscuro y radiante de su vida, el único, había comenzado.
* * *
Se terminó de bañar. Cerró el grifo. Se envolvió en una bata de felpa blanca. Tomó el vaso de whisky y lo secó de un solo trago. Fue a la cocina, tomó la botella y se dirigió a su habitación. Encendió la luz. Colocó la botella y el vaso sobre la mesa de noche. Se sentó al filo de la cama. Abrió un cajón. Sacó un maletín rectangular en la que guardaba todo su maquillaje. Volvió a llenar el vaso. Encendió otro cigarro. Luego de la primera calada, una tos seca y metálica lo obligó a agarrarse el pecho con ambas manos para intentar aplacar el dolor. Dejó el cigarro sobre el cenicero que descansaba sobre la mesa de noche. Abrió la caja. Sacó un frasco de crema y la aplicó con mucha paciencia en los brazos y en las piernas. Después, sacó un frasquito de esmalte para uñas y una bolsa de algodón. Colocó sendas bolitas blancas entre los dedos de los pies flacos y huesudos. Agitó con fuerza el pomito, lo abrió y, muy despacio, empezó a cubrir las uñas con ese esmalte rojo fuego que tanto le gustaba.
* * *
Durante dos años Edson fue su amante. El primer hombre de su vida. Lo único que a Ernesto le molestaba era que sólo iba hacia él cada vez que estaba borracho. No había manera de que sucediera algo en el campo de la sobriedad. Ni siquiera lo miraba directo a los ojos. Es más, lo trataba con cierta indiferencia, o peor aún, como si nada de lo otro estuviera ocurriendo entre ellos. Pero cuando se emborrachaba todo cambiaba. Ernesto había establecido ya esa relación directa entre el alcohol y el sexo. Y, ni bien lo veía destapando las primeras botellas, su corazón empezaba a segregar las sustancias celestes del deseo. Sabía que entonces sería posible acariciar ese cuerpo atlético con el que tanto soñaba. Estaba enamorado. Loco por completo. Escribía su nombre en las páginas finales de sus cuadernos y lo decoraba con corazones y flores. Escribía largas cartas de amor que guardaba celosamente bajo el colchón de la cama. Qué feliz se sentía. No importaba nada más que ese amor desmedido que, en el fondo, sabía jamás sería correspondido. Se acostumbró a las migajas que Edson le daba cuando estaba lo suficientemente ebrio como para fingir no darse cuenta de lo que estaba haciendo. Y, sus encuentros secretos y furtivos, fueron ganando en osadía hasta que llegó esa tarde oscura de julio. Ernesto entró a la casa luego de un día de colegio y encontró a sus padres sentados en la sala. Ella lloraba desconsolada y él sostenía entre las manos las cartas de amor que él le había escrito a Edson. Lo botó como a un perro. Le dijo que agarrara sus cosas y se largara. Lo borró por completo de su memoria. Nada pudo hacer su madre si no llorar y llorar. Le dijo que se avergonzaba de él, que si pudiera lo mataría pero que no quería terminar en la cárcel. Lo golpeó hasta cansarse. Ernesto no dijo nada. Ni siquiera lloró. Metió su ropa en una mochila y se fue.
* * *
Terminó de pintarse la uñas de los pies y las de la manos. Bebió y volvió a llenar el vaso. Se echó en la cama para esperar que el esmalte se seque. El efecto del alcohol empezaba a tomar el cuerpo con esa calma inexplicable. Encendió otro cigarro. El silencio de la noche próxima se acrecentaba en la mente. Tosió. Tomó el cenicero y lo puso sobre su vientre. Pensó en su familia. Hacía ya diez años que no había vuelto a hablar con ellos o a verlos. Salvo por esos días en los que la nostalgia lo llevaba de regreso al barrio. Entonces, observaba su casa desde la esquina, nervioso, oculto tras el maquillaje, la peluca y los enormes lentes de sol. A veces se quedaba mucho rato de pie, esperando ansioso a que su madre saliera rumbo al mercado. Qué ganas le daban entonces de correr hacia ella, de abrazarla. Pero nunca lo hizo. Dio una calada larga y el dolor arremetió de nuevo. Se preguntó, así como lo había hecho muchas veces, si su padre se habría arrepentido de haberlo echado de la casa con tan sólo quince años. Sabía que lo más probable era que no, pero le gustaba pensar que sí, que se arrepentía, que cuando se quedaba sólo le asaltaban los remordimientos. Bebió. Se volvió a preguntar también, cómo diablos habrían explicado su repentina desaparición. Su padre era demasiado macho como para aceptar ante el resto de la familia que tenía un hijo maricón. ¿Me habrán matado?, ¿me habrán enviado a un país lejano?, ¿qué mentira habrán inventado? ¿Y, mis hermanos?, ¿cómo habrán sobrellevado todo lo ocurrido?, ¿me recordarán siquiera?, ¿o ya me habrán borrado por completo de sus memorias? ¿Y Edson?, ¿como le habrá ido a Edson?, ¿mi padre habrá hecho algo en su contra o lo habrá perdonado por ser el goleador del equipo del barrio? Fumó. Ya que importa, se dijo. Ya nada importa. Mi única familia es Shirley. Ella se encargará de todo. Como siempre.
* * *
Te maldigo, Para mí estás muerto. Fueron las últimas palabras que le escuchó decir a su padre antes de que la puerta de su casa se cerrara para siempre. Solo, desesperado y sin saber que hacer, deambuló por las calles del barrio. Pensó en tirarse bajo las ruedas del primer autobús que pasara por la carretera. Pensó en caminar hasta el primer edificio alto que encontrara en su camino para subir al último piso y saltar al vacío. Pasó varias veces por la puerta de su casa. Tenía unas ganas locas de tocar la puerta y suplicar arrepentido. Pero no tuvo el coraje para hacerlo. El miedo que le tenía a su padre era superior a todo. Terminó sentado en un parque muy cerca de su casa. Lloraba, esperaba en vano a que su madre apareciera en la penumbra a decirle que regresara, que su padre estaba arrepentido. Sacó una casaca de su mochila, se la puso, se recostó encogido al costado de un árbol y siguió llorando. Lo despertó el duró frío del amanecer limeño. Recogió su mochila y empezó a caminar sin rumbo. Fue entonces que, al doblar una esquina, vio a la mitad de la cuadra a Shirley barriendo la puerta de su casa: ¿Qué te pasa?, le preguntó al verlo tan triste. Me han botado de mi casa, respondió. ¿Qué?, No puede ser, Ven, pasa, pasa, Cuéntame, qué ha pasado. Shirley era alto, de piel trigueña y pelo rubio hasta los hombros. Tenía una peluquería en la salita de su casa en la que atendía a todas las chicas del barrio. Lo recibió con mucho cariño desde un principio. Sin dudarlo siquiera, le ofreció un espacio donde quedarse, una cama, un plato de comida. Nunca antes lo habían tratado de esa manera. Nunca antes lo habían hecho sentirse tan bien consigo mismo. Uno es lo que es y hay que aceptarlo. No hay más vuelta que darle. El problema no eres tú, Ernesto, el problema son tus padres. Shirley fue más que un amigo, una madre. Le enseñó con mucho gusto el oficio de la belleza y el arte de sobrevivir siendo uno mismo. Fue él también quien le puso La Reina mientras le teñía el pelo de rubio. Despertarse cada mañana con una sonrisa y vivir contagiado por las tremendas ganas de vivir de Shirley, así como conocer a sus amigas, escuchar sus historias entre música y cervezas, todas semejantes o peores que la suya, lo ayudaron muchísimo en el proceso de superar la crisis emocional y la depresión provocada por el rechazo. Sin embargo, la felicidad no duró mucho.
* * *
Apagó el cigarro y se levantó. De un cajón de la cómoda sacó toda su ropa interior y la tiró sobre la cama. Escogió un conjunto de encaje negro y se lo puso. Acomodó el pene como sólo un travesti experto lo puede hacer. Se puso el sostén y colocó los rellenos de esponja para las nalgas y el pecho. Cada vez que empezaba a realizar aquella transformación, algo en su cuerpo reaccionaba con un placer sutil e intenso. Así como lo que dijo Agrado en “Todo sobre mi madre”: Uno es auténtico en la medida en la que se parezca lo más posible a como se ha soñado. Cuanta verdad en esas palabras. Como disfrutaron Shirley y ella cuando vieron la película en un cine del centro. Se rieron y lloraron con locura. Desde esa película se volvieron adictas al cine de Almodóvar. Se miró en el espejo y se sintió como uno de sus personajes. Como una Rosi de Palma, sí, así como ella, fea pero bonita al mismo tiempo. Secó el vaso de whisky y lo volvió a llenar. El alcohol suavizaba su reflejo, lo hacía más tolerable en su fealdad y en su decadencia. Se sentó al filo de la cama, tomó un par de medias negras de nylon y se las puso. Su vida había sido un drama al mejor estilo de Almodóvar. Por eso mismo no podía hacer otra cosa que comportarse como una reina y punto. Se recostó en la cama y pensó en Shirley, en que vendría al día siguiente. Sintió una breve ráfaga de pena recorriendo la piel. Se preguntó si su padre o sus hermanos habrían tenido que ver con la desgracia aquella que los obligó a dejar del barrio. Pobre Shirley, se dijo. Ernesto sentía que él la había tocado con su maldita mala suerte. La que llevaba encima por culpa de su padre. De eso estaba seguro.
* * *
Era sábado. Habían estado tomando cerveza y escuchando música toda la tarde. A la media noche decidieron acostarse. Pero ni bien empezaban a conciliar el sueño un estruendo de cristales rotos las levantó en vilo. Luego escucharon una serie de voces de hombres que venían desde la sala. Shirley se levantó y Ernesto salió tras ella. Al llegar a la sala encontraron a cuatro hombres con pasamontañas y patas de cabra que estaban destrozando todo lo que encontraban a su paso. Maricones de mierda, gritaban, sidosos del diablo, nadie los quiere en este barrio, váyanse de acá cabros salados. Shirley corrió a la cocina en busca de un cuchillo para defender lo que con tanto trabajo había logrado, pero uno de los tipos la vio y le atestó un golpe fortísimo en la cabeza que la dejó sangrando y tendida en el suelo. Ernesto sólo atinó a correr hacia ella y observarlo todo mientras le sujetaba cabeza aterrado. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo: El odio desplegado por esos hombres. Los espejos explotando en mil pedazos y esa galonera anaranjada con la que uno de ellos empezó a rosearlo todo. A Ernesto no le hicieron nada más allá de las infinitas amenazas. Después vino el incendio. Las lenguas de fuego devorando la vida de Shirley por completo. La culpa se quedó enquistada en el corazón de Ernesto, a pesar de que, Shirley, le dijo después que le iba a estar eternamente agradecida por haberle salvado la vida. Cuando los bomberos terminaron de apagar las llamas, ya no quedaba nada, sólo un armazón negro cayéndose a pedazos.
* * *
Se puso el vestido de lycra rojo, el que mejor le quedaba. Saco sus botas de charol negro y, mientras se las ponía, las lágrimas empezaron a resbalar por el rostro sin expresión. El alcohol confundía las emociones contenidas. Se secó las lágrimas, agarró la caja del maquillaje y empezó el proceso final de la transformación. Untó el rostro entero con base oscura a través de la cual se percibía el color cenizo de la piel. Dibujó las cejas sobre los huesos de la frente. Pegó las pestañas postizas con delicadeza. Pinto los labios de un rojo incendiado. Delineó la boca de la Reina más allá de los labios. Aplicó chapas sobre los pómulos salidos y cerró la caja. Se puso de pie y se miró frente al espejo. Esa era ella. La Reina. La única. La verdadera. Ernesto era alguien que ya no conocía. Una historia oscura del pasado. Un error terrible que la había llevado por laberintos nefastos. El único culpable.
* * *
Se refugiaron en la casa de La Diabla, una de las amigas de Shirley. Entonces Ernesto conoció el verdadero rostro de la noche. Ahí donde Shirley había comenzado su sueño del salón de belleza. Las esquinas tristes de la avenida Arequipa, de la Javier Prado, de la Canadá. Esas largas noches esperando a los clientes que, pronto descubrió, eran de todo tipo. Jóvenes, viejos, borrachos, fumones, ricos, pobres. Se dio cuenta entonces que no era un bicho raro, que habían mucho hombres llevando la doble vida de la urbe. Casados respetables, hombres de familia que esperaban las altas horas de la madrugada para dejarse llevar por el lado oscuro del deseo. Al principio fue muy raro. Un acto extraño de intercambio. Sexo por dinero. Dolor. Asco. Rara vez el placer de un hombre guapo. Pero el dinero llegaba y, según Shirley, pronto podrían independizarse y salir de eso. Sin embargo, Ernesto nunca pudo dejar de sentir la culpa. Y, ni bien hubieron reunido el dinero para alquilar una casita en el Cono Norte y empezar de nuevo el negocio del salón de belleza, Ernesto desapareció. Tomó sus cosas y se fue arrastrando su mala suerte a cuestas.
* * *
Sacó toda la ropa de sus cajones, la llevó a la sala y la tiró sobre la mesa de centro. Se sentó en el sillón y ató todas las medias de nylon con nudos fuertes cuya resistencia comprobaba con las manos. Tomó la botella de whisky y bebió directamente del pico. Se subió al sillón y amarró la tira de medias a la biga de madera que sostenía las calaminas del techo. Shirley vendría al día siguiente. Tomó el encendedor, encendió un cigarro y le prendió fuego a su ropa. Shirley se encargaría de todo. Ella sabría comprender. Ella era la única capaz de comprender. Terminó de fumar frente al fuego que empezaba a correr sobre la alfombra, se subió al sillón, ató el extremo de las medias alrededor del cuello y, con una sonrisa desmedida en el rostro se despidió de Ernesto y, como una Reina, saltó.
José Antonio Galloso
San Francisco, 2006
Derechos Reservados
PD: No sean zánganos !!! El cuento es largo, pero les juro que no podrán dejar de leerlo una vez que empiecen.
COMO UNA REINA
Bajó del autobús y se puso a caminar a través de las polvorientas calles de su barrio. La tarde caía sobre la urbe. El cielo gris se oscurecía sobre la línea de los cerros próximos. Llevaba una bolsa de papel entre los brazos. Avanzaba a paso lento, como si su mente se encontrara atrapada en espacios lejanos. Se detuvo frente a un teléfono público, colocó la bolsa entre los pies, sacó una moneda del bolsillo trasero del pantalón, la metió en la ranura metálica y marcó un número.
-¿Aló? -reconoció la voz fingida a través del auricular.
-¿Shirley? -preguntó y no pudo evitar fingir la propia. Era ya casi un acto natural.
-Sí, ¿quién habla?
-La Reina.
-¡Ay! Mírala a esta loca, ¿dónde has estado metida, oye?
-No sé, me dio la locura.
-¡Por eso te mandaste a mudar sin avisar!, ¡malagradecida!
-Discúlpame Shirley, no fue a propósito.
-¡Perra loca! Me tenías súper preocupada. Pensaba que te había pasado algo.
-Lo siento.-Pero, ¿cómo estás?, cuéntame, cuéntame.
-Estuve un poco mal, pero ya estoy mejor.
-¿Tienes algo?-No -dijo después de un segundo de silencio.
-¿De verdad?, ¿estás segura?-Ay, querida -dijo tratando de fingir buen ánimo-, ¿quién está segura de nada en estos días?
-¿Y, a dónde te fuiste?
-No muy lejos de tu casa, ¿por qué no apuntas la dirección?
-¿Ahora sí, no, ingrata?-Ya te dije que lo siento.
-Un ratito, voy por un lapicero.
-Rápido que se me acaba la moneda.
-Ya, listo. A ver, dime.Le dio la dirección.
-Pero, ¿de verdad estás bien?
-Sí, te lo juro.
-No sé por qué no te creo, Tienes una voz de muerta.
-De verdad, Shirley, todo está bien.
-¿No quieres que vaya a tú casa ahora mismo?, Mira que salgo al toque.
-No -le dijo-, esta noche no puedo, ya tengo planes, Pero por qué no te vienes mañana.
-Mañana, ¿cómo a qué hora?
-Como a las seis de la tarde estaría bien.
-¿Estás segura de que estás bien?
-Si amiguita, no te preocupes.
-Te quiero mucho.
La comunicación se cortó. Colgó el auricular. Una lágrima se descolgó lenta. Resbaló por la mejilla hasta el mentón y cayó sobre la tierra. Se limpió el rostro con una mano, recogió la bolsa de papel y retomó el paso a través de las calles del barrio. Las casas se sucedían en silencio. No había gente transitando por las pistas sin asfaltar. De vez en cuando se cruzaba con uno que otro transeúnte que, como todo el mundo, no podía evitar mirarlo de reojo. Siempre había sido así. Todo el mundo tenía que mirarlo. Las luces de los postes se encendieron. Sacó un manojo de llaves y se detuvo frente a una puerta. Entró a una casa muy pequeña. Las pesadas cortinas de lona estaban cerradas. Una gruesa biga de madera sostenía el techo de calaminas. El lugar se encontraba sumergido en la penumbra pero no encendió la luz. Olía a humo de cigarro y a polvo pegado en los muebles, en la ropa, en las paredes. Colocó la bolsa sobre la meza y se dejó caer sobre el único sillón. Estaba sumamente flaco. Más que nunca en su vida. Las extremidades largas y huesudas se estiraban como patas de araña. El pelo largo y negro le cubría la mitad del rostro e intensificaba las facciones de la parte descubierta. El pómulo salido. La piel oscura. La ceja depilada hasta quedar convertida en una línea negra que todos los días tenía que volver a pintar sobre los huesos toscos de la frente. Metió la mano al bolsillo del pantalón, extrajo una cajetilla de cigarros, la abrió, sacó uno y lo encendió. La flama del encendedor reveló la profunda oscuridad contenida en su mirada. El vacío y la tristeza parecían habitar en cada uno de sus movimientos. La flama reveló también, esas manos de dedos largos y chuecos. Fumaba con mucha paciencia, con la mirada perdida en el cielo raso.
* * *
Crecer había sido duro. Cada año había sido un siglo de dolor constante y de reparo, de descubrimiento paulatino de esa verdad atroz que sería su felicidad única y también su cruz. Cada año interminable en esa casa, en esa escuela, como si hubiera nacido para no ver jamás la luz del día. Nunca supo otra cosa que no fuese eso de saberse diferente, de esperar desde chiquito el momento de quedarse a solas para vestirse apurado con la ropa de su madre. Rápido y con miedo, pero ansioso por mirarse al espejo y sentirse feliz por un segundo, porque, después, venía el miedo enorme que lo obligaba a sacarse la ropa y dejar todo tal y como estaba. El miedo enorme que era su padre en la casa. Una sombra oscura con olor a alcohol y a gritos y a golpes. Porque el hombre tenía la obligación de corregir y para corregir había que dar golpes. Pero con Ernesto su padre no pudo, a pesar de que lo había golpeado duro y hasta cansarse, nunca pudo arreglarlo. Ernesto había nacido estropeado, torcido. Simplemente había sucedido así. Chueco desde el principio. Sufrido para siempre. Por más que lo intentaba no podía ocultarlo. Saltaba a la luz cuando corría por las calles con sus hermanos, cuando no le salía ni una miserable jugada en la cancha de fútbol, cuando prefería mil veces jugar al vóley con las chicas o sentarse en la vereda con las rodillas juntas, juntísimas.
* * *
Se adelantó un poco hasta quedar sentado al borde del sillón, dejó el cigarro colgando entre los labios, tomó la bolsa de papel, extrajo una caja, la apoyó sobre los muslos, la abrió y sacó una botella de whisky Swing. La observó un rato entre sus manos, la colocó sobre la mesita y con un leve golpe activó el movimiento pendular. Le había costado un ojo de la cara pero no era para menos, la ocasión así lo ameritaba. Se quedó mirando la botella y por unos instantes todo fue el sonido de ese vaivén de vidrio rebotando en las paredes. Se levantó, tomó la botella por el pico, se fue a la cocina, echó unos cubos de hielo en un vaso y la llenó hasta el borde. La cocina estaba inmunda. Los platos con comida seca y pegoteada desbordaban el lavabo. Los vasos usados y las ollas ocupaban las repisas. Bebió un sorbo largo y seco. Se concentró en el sabor a madera, en el olor antiguo del whisky. Con el vaso en la mano se dirigió hacía el cuarto de baño. El piso de la ducha estaba cubierto de moho. Tiró lo que quedaba del cigarro en la taza del excusado y tomó otro trago antes de empezar a desvestirse. Su cuerpo flaquísimo y desnudo dejó expuesta la fealdad imposible de su cuerpo. Volvió a beber. El espejo sobre el lavabo estaba roto. Evitó encontrarse con su reflejo fragmentado. Entró a la ducha y, con los brazos caídos y los ojos cerrados, dejó que el agua fría recorriera el cuerpo.
* * *
Las primeras explosiones se escucharon a las diez de la mañana. Sus hermanos y sus padres se estaban terminando de arreglar para ir a la plaza. Ernesto estaba echado en la cama, tapado con las frazadas hasta la cabeza. Tú no vas, le había dicho su padre durante el desayuno, no quiero pasar vergüenzas, esta es una fiesta decente. Pero viejo, quiso intervenir su madre. Pero nada, él se queda a cuidar la casa y punto. Escuchó la puerta al cerrarse. Era la primera vez que le prohibía ir con ellos a la fiesta del patrono San José. Con seguridad su padre no se había podido olvidar de la fiesta del año anterior, cuando, después de haberse bebido unas cervezas de más, Enrique, con sus catorce años confusos, se había puesto a bailar como loco, como si nadie lo estuviera viendo, había perdido la compostura que siempre había tratado de mantener, y su padre, que estaba más borracho que todos, lo jaló con fuerza por el brazo, le dio una cachetada tremenda y lo mandó a su casa para siempre. Esperó unos minutos para asegurarse de que no regresarían. Se secó las lágrimas, se destapó, se puso de pie, fue a la sala y encendió el viejo televisor blanco y negro. Se pasó toda la tarde viendo telenovelas mejicanas mientras sufría al escuchar la música, la risa, las explosiones de los cohetes en la plaza. Y, como siempre, se sintió sólo, lejos de todos, desplazado. Cuántas veces había tratado de cambiar, de arrancar de su corazón aquella verdad que significaba vergüenza, pecado, oscuridad. Cuántas veces se había jurado que se iba a portar como todo un hombre, que iba a conseguir una enamorada y que iba a dejar de ser aquello que inevitablemente era. Pero siempre había sido inútil, a pesar de las interminables horas de rezo, de súplica desesperada: Por favor Diosito, por favor, haz que me despierte siendo como mis hermanos, como mi padre, haz que no vuelva a mirar a los hombres con estos ojos que me duelen en el alma. Pero nada pasaba. Cada día se levantaba siendo más que nunca aquello que nadie quería que fuese, ni siquiera él.Se quedó dormido frente al televisor. Enroscado sobre si mismo.
El sonido del timbre, seguido por una serie de golpes insistentes en la puerta lo despertaron. Abrió los ojos y se levantó. Ya era de noche. Se acercó a la puerta y miró por el ojo de buey. Era su primo Edson. ¿Qué pasa?, le preguntó al abrir la puerta. Nada, nada. ¿Todo está bien? Sí. Entró tambaleándose hasta dejarse caer en el sofá. Tenía los ojos muy rojos y le costaba fijar la vista. Edson tenía 19 años y era el sobrino favorito de su padre. Jugaba fútbol en el equipo del barrio como centrodelantero y ya llevaba dos años siendo el goleador del equipo. Era alto, de rasgos fuertes, con la cara cortada en ángulos definidos, con los ojos marrones y almendrados, con el pelo negro, lacio y largo hasta los hombros, con el cuerpo estilizado y atlético de los jóvenes deportistas. Todas las chicas del barrio se morían por él. ¿Tienes hambre?, le preguntó. Sí. Enrique se levantó y fue a la cocina a prepararle algo de comer. Encontró un poco de pan y un par de huevos. Sacó la sartén, la colocó sobre la hornilla, la encendió y le echó un chorrito de aceite. Edson cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Ernesto no podía sacarle los ojos de encima mientras freía los huevos. Siempre le había gustado. Cada vez que había un juego, él era el primero en estar listo para ir a la cancha. Su padre y sus hermanos pensaban que era porque le gustaba el fútbol, pero eso no era cierto, él iba para ver a Edson, para verlo correr sobre la cancha de tierra, sudando, con el pelo mojado, con ese short azul que dejaba expuestos esos muslos poderosos contrayéndose tras cada zancada. Tomó una espátula, sacó los huevos de la sartén y los colocó en un plato junto con dos hogazas de pan. Apagó la hornilla y retiro la sartén del fuego. Toma, Es lo único que había. Edson abrió los ojos, se enderezó con esfuerzo y tomo el plato. Espero que te guste. Se sentó junto a él y lo observó en silencio mientras devoraba la comida como un animal salvaje. La yema líquida, amarilla y tibia, se le chorreaba entre los dedos que lamía con fruición. Masticaba con la boca abierta produciendo una serie de sonidos que, en cualquiera de sus hermanos le habría producido asco, pero en su primo no, ante él, todo era diferente. Al terminar de comer, Edson dejó el plato sobre la mesita de centro y volvió a recostarse en el sofá. Olía a cerveza, a sudor de baile tupido en la plaza. La camisa estaba mojada, pegada a los pectorales, la respiración se escuchaba muy fuerte, el pecho subía y bajaba. De pronto, una arcada le hizo convulsionar el cuerpo, se paro de un solo impulso y salió corriendo hacia el baño. Ernesto fue tras él. ¿Necesitas ayuda?, le preguntó pero no obtuvo respuesta. Estaba arrodillado con la cabeza sobre el excusado. Ernesto se acercó para ayudarlo. Se agachó, con una mano le sujetó la frente y con la otra lo tomó por el estómago. Tranquilo, tranquilo, le decía, tienes que botar todo el alcohol, Después te vas a sentir mejor. La mano que sujetaba la frente lo empezó a acariciar poseída por una fuerza superior a cualquier voluntad.
* * *
Como una reina y al diablo todo se dijo y abrió los ojos. Tomó una esponja, le echó un champú especial para la piel y empezó a frotarse el cuerpo. Con ambas manos. Despacio. El pecho. Las piernas. Lentamente. El cuello. La nuca. Muy despacio. Con los ojos cerrados. Se imaginó que estaba en un baño muy elegante. Blanco. Era una visión muy clara. Un baño blanco. Una gran tina blanca. Una gran ducha blanca. Blanquísima. Se imaginó lejos de ese lugar decadente y apestoso en el que se encontraba atrapado. Era gratificante sentir el agua corriendo. El agua que todo lo limpia. La esponja que todo lo limpia. Los ojos cerrados que todo lo limpian. Y las manos. Las dos manos. Sobre el pecho. Sobre las piernas. Sobre el sexo. Despacio. Una y otra vez. Lentamente. Sobre el sexo. De nuevo. Otra vez. Y los cuerpos de fuego empezaron a surgir caprichosos en la mente. Y el agua. Y la esponja. Y las lenguas de fuego. Y las manos de fuego. Y ese hombre de fuego imposible de olvidar. Todo era sólo él hombre en ese instante. Todo era sólo el hombre. Los ojos cerrados. La mente. La esponja. Las visiones de esos cuerpos sudorosos. Y el agua. Y las manos. Y el sexo. Todo era el sexo. Todo era el sexo blanco hasta el final. Todo era sólo Edson en la memoria. Todo era sólo el fuego. Abrió los ojos y se encontró consigo mismo, horrible y olvidado, lejos del mundo. Tomó un frasco de crema de afeitar, lo agitó y lo untó a lo largo de su piel grisácea, enferma. Tomó luego una máquina de afeitar y empezó el proceso mil veces repetido de rasurar todo su cuerpo.
* * *
Edson terminó de vomitar. Su camisa y sus pantalones estaban manchados, con olor a bilis, a fermentos etílicos. Ernesto sabía que estaban solos, acompañados por las voces que llegaban desde la sala en blanco y negro, por las explosiones de los cohetes, por la música débil de la plaza que le decía como un susurro oscuro que nadie llegaría pronto. Recostó a Edson contra la tina. Tranquilo, le dijo, jaló la cadena del excusado y limpió el piso con papel higiénico. Luego se dejó llevar por los impulsos. Trataba de que cada movimiento surja natural desde el centro de su corazón acelerado. Mira cómo estás, le dijo, qué vergüenza, pareces un borracho cualquiera, no quiero que mi madre te encuentre así. Será mejor que te bañes y te cambies. No, déjame, le dijo Edson. Tranquilo, tranquilo, insistió Ernesto, no va a pasar nada, déjame ayudarte, yo te puedo prestar ropa. A ver, párate, párate. Asu macho, estás bien pesado. A ver, ayúdame un poco. Así, eso es. Empezó a desabrocharle la camisa, botón por botón, muy despacio. El pecho fue quedando al descubierto, la piel morena, los músculos jóvenes y definidos. Tenía un poco de reparo antes de ejecutar cada movimiento, pensaba que Edson podría reaccionar mal, largarlo de un solo manotazo violento y ofendido, pero nada de eso pasó. Su primo se quedó muy tranquilo, con los ojos cerrados se dejó sacar la camisa. No dijo nada cuando Ernesto se agachó y después de desabrochar el botón del jean empezó a bajarlo lentamente. El corazón se le salía del pecho. Nunca antes había estado tan cerca a un hombre. Nunca antes el deseo lo había tomado con tanta fuerza desmedida. ¿Qué haces?, murmuro Edson. Tranquilo, primo, un baño te va a caer muy bien. Ven siéntate aquí. Obedeció y se sentó sobre la taza del excusado. Ernesto colocó el tapón, abrió el grifo del agua caliente y fue al cuarto de sus hermanos a buscar algo de ropa que le pudiera prestar. Estaba ansioso, dominado por una serie de emociones extrañas, intensas, desorbitadas. Regresó al cuarto de baño, dejó caer la ropa al piso, cerró el grifo y probó con la mano que el agua no estuviera demasiado caliente. Listo, primo, ahora, sácate la ropa interior y métete al agua. Todo se salió de proporciones al ver el cuerpo desnudo tendido bajo el agua. Sin poder controlarse, tomó una esponja y empezó a frotar la piel de cobre. ¿Qué estás haciendo?, le preguntó Edson, ¿estás loco? Ernesto se detuvo por unos instantes, esperaba que Edson le pidiera que se fuera, que lo dejara en paz, pero no lo hizo. Por el contrario, cerró los ojos y se relajó por completo. Muy despacio, volvió a colocar la esponja sobre el pecho desnudo, casi no rozaba la piel. El presentimiento de algo oscuro bullía en su interior pero no podía dominar el instinto, no podía detenerse. Después de todo, Edson no se estaba rehusando a las caricias, después de todo, él seguía con los ojos cerrados, como no queriendo ver, o quizá, como queriendo imaginar escenas lejanas. Nada existía en el mundo. Sólo Edson dejándose tocar. Sólo la certeza de saberse pleno, más cerca que nunca de sí mismo, con unas ganas terribles de mirarse al espejo y estallar en carcajadas de alegría plena. Luego, después de que todo había terminado, mientras su primo dormía muy tranquilo en la cama de su hermano y él lo contemplaba desde el vano de la puerta, Ernesto tuvo la clara certeza de que no habría vuelta atrás. El viaje más oscuro y radiante de su vida, el único, había comenzado.
* * *
Se terminó de bañar. Cerró el grifo. Se envolvió en una bata de felpa blanca. Tomó el vaso de whisky y lo secó de un solo trago. Fue a la cocina, tomó la botella y se dirigió a su habitación. Encendió la luz. Colocó la botella y el vaso sobre la mesa de noche. Se sentó al filo de la cama. Abrió un cajón. Sacó un maletín rectangular en la que guardaba todo su maquillaje. Volvió a llenar el vaso. Encendió otro cigarro. Luego de la primera calada, una tos seca y metálica lo obligó a agarrarse el pecho con ambas manos para intentar aplacar el dolor. Dejó el cigarro sobre el cenicero que descansaba sobre la mesa de noche. Abrió la caja. Sacó un frasco de crema y la aplicó con mucha paciencia en los brazos y en las piernas. Después, sacó un frasquito de esmalte para uñas y una bolsa de algodón. Colocó sendas bolitas blancas entre los dedos de los pies flacos y huesudos. Agitó con fuerza el pomito, lo abrió y, muy despacio, empezó a cubrir las uñas con ese esmalte rojo fuego que tanto le gustaba.
* * *
Durante dos años Edson fue su amante. El primer hombre de su vida. Lo único que a Ernesto le molestaba era que sólo iba hacia él cada vez que estaba borracho. No había manera de que sucediera algo en el campo de la sobriedad. Ni siquiera lo miraba directo a los ojos. Es más, lo trataba con cierta indiferencia, o peor aún, como si nada de lo otro estuviera ocurriendo entre ellos. Pero cuando se emborrachaba todo cambiaba. Ernesto había establecido ya esa relación directa entre el alcohol y el sexo. Y, ni bien lo veía destapando las primeras botellas, su corazón empezaba a segregar las sustancias celestes del deseo. Sabía que entonces sería posible acariciar ese cuerpo atlético con el que tanto soñaba. Estaba enamorado. Loco por completo. Escribía su nombre en las páginas finales de sus cuadernos y lo decoraba con corazones y flores. Escribía largas cartas de amor que guardaba celosamente bajo el colchón de la cama. Qué feliz se sentía. No importaba nada más que ese amor desmedido que, en el fondo, sabía jamás sería correspondido. Se acostumbró a las migajas que Edson le daba cuando estaba lo suficientemente ebrio como para fingir no darse cuenta de lo que estaba haciendo. Y, sus encuentros secretos y furtivos, fueron ganando en osadía hasta que llegó esa tarde oscura de julio. Ernesto entró a la casa luego de un día de colegio y encontró a sus padres sentados en la sala. Ella lloraba desconsolada y él sostenía entre las manos las cartas de amor que él le había escrito a Edson. Lo botó como a un perro. Le dijo que agarrara sus cosas y se largara. Lo borró por completo de su memoria. Nada pudo hacer su madre si no llorar y llorar. Le dijo que se avergonzaba de él, que si pudiera lo mataría pero que no quería terminar en la cárcel. Lo golpeó hasta cansarse. Ernesto no dijo nada. Ni siquiera lloró. Metió su ropa en una mochila y se fue.
* * *
Terminó de pintarse la uñas de los pies y las de la manos. Bebió y volvió a llenar el vaso. Se echó en la cama para esperar que el esmalte se seque. El efecto del alcohol empezaba a tomar el cuerpo con esa calma inexplicable. Encendió otro cigarro. El silencio de la noche próxima se acrecentaba en la mente. Tosió. Tomó el cenicero y lo puso sobre su vientre. Pensó en su familia. Hacía ya diez años que no había vuelto a hablar con ellos o a verlos. Salvo por esos días en los que la nostalgia lo llevaba de regreso al barrio. Entonces, observaba su casa desde la esquina, nervioso, oculto tras el maquillaje, la peluca y los enormes lentes de sol. A veces se quedaba mucho rato de pie, esperando ansioso a que su madre saliera rumbo al mercado. Qué ganas le daban entonces de correr hacia ella, de abrazarla. Pero nunca lo hizo. Dio una calada larga y el dolor arremetió de nuevo. Se preguntó, así como lo había hecho muchas veces, si su padre se habría arrepentido de haberlo echado de la casa con tan sólo quince años. Sabía que lo más probable era que no, pero le gustaba pensar que sí, que se arrepentía, que cuando se quedaba sólo le asaltaban los remordimientos. Bebió. Se volvió a preguntar también, cómo diablos habrían explicado su repentina desaparición. Su padre era demasiado macho como para aceptar ante el resto de la familia que tenía un hijo maricón. ¿Me habrán matado?, ¿me habrán enviado a un país lejano?, ¿qué mentira habrán inventado? ¿Y, mis hermanos?, ¿cómo habrán sobrellevado todo lo ocurrido?, ¿me recordarán siquiera?, ¿o ya me habrán borrado por completo de sus memorias? ¿Y Edson?, ¿como le habrá ido a Edson?, ¿mi padre habrá hecho algo en su contra o lo habrá perdonado por ser el goleador del equipo del barrio? Fumó. Ya que importa, se dijo. Ya nada importa. Mi única familia es Shirley. Ella se encargará de todo. Como siempre.
* * *
Te maldigo, Para mí estás muerto. Fueron las últimas palabras que le escuchó decir a su padre antes de que la puerta de su casa se cerrara para siempre. Solo, desesperado y sin saber que hacer, deambuló por las calles del barrio. Pensó en tirarse bajo las ruedas del primer autobús que pasara por la carretera. Pensó en caminar hasta el primer edificio alto que encontrara en su camino para subir al último piso y saltar al vacío. Pasó varias veces por la puerta de su casa. Tenía unas ganas locas de tocar la puerta y suplicar arrepentido. Pero no tuvo el coraje para hacerlo. El miedo que le tenía a su padre era superior a todo. Terminó sentado en un parque muy cerca de su casa. Lloraba, esperaba en vano a que su madre apareciera en la penumbra a decirle que regresara, que su padre estaba arrepentido. Sacó una casaca de su mochila, se la puso, se recostó encogido al costado de un árbol y siguió llorando. Lo despertó el duró frío del amanecer limeño. Recogió su mochila y empezó a caminar sin rumbo. Fue entonces que, al doblar una esquina, vio a la mitad de la cuadra a Shirley barriendo la puerta de su casa: ¿Qué te pasa?, le preguntó al verlo tan triste. Me han botado de mi casa, respondió. ¿Qué?, No puede ser, Ven, pasa, pasa, Cuéntame, qué ha pasado. Shirley era alto, de piel trigueña y pelo rubio hasta los hombros. Tenía una peluquería en la salita de su casa en la que atendía a todas las chicas del barrio. Lo recibió con mucho cariño desde un principio. Sin dudarlo siquiera, le ofreció un espacio donde quedarse, una cama, un plato de comida. Nunca antes lo habían tratado de esa manera. Nunca antes lo habían hecho sentirse tan bien consigo mismo. Uno es lo que es y hay que aceptarlo. No hay más vuelta que darle. El problema no eres tú, Ernesto, el problema son tus padres. Shirley fue más que un amigo, una madre. Le enseñó con mucho gusto el oficio de la belleza y el arte de sobrevivir siendo uno mismo. Fue él también quien le puso La Reina mientras le teñía el pelo de rubio. Despertarse cada mañana con una sonrisa y vivir contagiado por las tremendas ganas de vivir de Shirley, así como conocer a sus amigas, escuchar sus historias entre música y cervezas, todas semejantes o peores que la suya, lo ayudaron muchísimo en el proceso de superar la crisis emocional y la depresión provocada por el rechazo. Sin embargo, la felicidad no duró mucho.
* * *
Apagó el cigarro y se levantó. De un cajón de la cómoda sacó toda su ropa interior y la tiró sobre la cama. Escogió un conjunto de encaje negro y se lo puso. Acomodó el pene como sólo un travesti experto lo puede hacer. Se puso el sostén y colocó los rellenos de esponja para las nalgas y el pecho. Cada vez que empezaba a realizar aquella transformación, algo en su cuerpo reaccionaba con un placer sutil e intenso. Así como lo que dijo Agrado en “Todo sobre mi madre”: Uno es auténtico en la medida en la que se parezca lo más posible a como se ha soñado. Cuanta verdad en esas palabras. Como disfrutaron Shirley y ella cuando vieron la película en un cine del centro. Se rieron y lloraron con locura. Desde esa película se volvieron adictas al cine de Almodóvar. Se miró en el espejo y se sintió como uno de sus personajes. Como una Rosi de Palma, sí, así como ella, fea pero bonita al mismo tiempo. Secó el vaso de whisky y lo volvió a llenar. El alcohol suavizaba su reflejo, lo hacía más tolerable en su fealdad y en su decadencia. Se sentó al filo de la cama, tomó un par de medias negras de nylon y se las puso. Su vida había sido un drama al mejor estilo de Almodóvar. Por eso mismo no podía hacer otra cosa que comportarse como una reina y punto. Se recostó en la cama y pensó en Shirley, en que vendría al día siguiente. Sintió una breve ráfaga de pena recorriendo la piel. Se preguntó si su padre o sus hermanos habrían tenido que ver con la desgracia aquella que los obligó a dejar del barrio. Pobre Shirley, se dijo. Ernesto sentía que él la había tocado con su maldita mala suerte. La que llevaba encima por culpa de su padre. De eso estaba seguro.
* * *
Era sábado. Habían estado tomando cerveza y escuchando música toda la tarde. A la media noche decidieron acostarse. Pero ni bien empezaban a conciliar el sueño un estruendo de cristales rotos las levantó en vilo. Luego escucharon una serie de voces de hombres que venían desde la sala. Shirley se levantó y Ernesto salió tras ella. Al llegar a la sala encontraron a cuatro hombres con pasamontañas y patas de cabra que estaban destrozando todo lo que encontraban a su paso. Maricones de mierda, gritaban, sidosos del diablo, nadie los quiere en este barrio, váyanse de acá cabros salados. Shirley corrió a la cocina en busca de un cuchillo para defender lo que con tanto trabajo había logrado, pero uno de los tipos la vio y le atestó un golpe fortísimo en la cabeza que la dejó sangrando y tendida en el suelo. Ernesto sólo atinó a correr hacia ella y observarlo todo mientras le sujetaba cabeza aterrado. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo: El odio desplegado por esos hombres. Los espejos explotando en mil pedazos y esa galonera anaranjada con la que uno de ellos empezó a rosearlo todo. A Ernesto no le hicieron nada más allá de las infinitas amenazas. Después vino el incendio. Las lenguas de fuego devorando la vida de Shirley por completo. La culpa se quedó enquistada en el corazón de Ernesto, a pesar de que, Shirley, le dijo después que le iba a estar eternamente agradecida por haberle salvado la vida. Cuando los bomberos terminaron de apagar las llamas, ya no quedaba nada, sólo un armazón negro cayéndose a pedazos.
* * *
Se puso el vestido de lycra rojo, el que mejor le quedaba. Saco sus botas de charol negro y, mientras se las ponía, las lágrimas empezaron a resbalar por el rostro sin expresión. El alcohol confundía las emociones contenidas. Se secó las lágrimas, agarró la caja del maquillaje y empezó el proceso final de la transformación. Untó el rostro entero con base oscura a través de la cual se percibía el color cenizo de la piel. Dibujó las cejas sobre los huesos de la frente. Pegó las pestañas postizas con delicadeza. Pinto los labios de un rojo incendiado. Delineó la boca de la Reina más allá de los labios. Aplicó chapas sobre los pómulos salidos y cerró la caja. Se puso de pie y se miró frente al espejo. Esa era ella. La Reina. La única. La verdadera. Ernesto era alguien que ya no conocía. Una historia oscura del pasado. Un error terrible que la había llevado por laberintos nefastos. El único culpable.
* * *
Se refugiaron en la casa de La Diabla, una de las amigas de Shirley. Entonces Ernesto conoció el verdadero rostro de la noche. Ahí donde Shirley había comenzado su sueño del salón de belleza. Las esquinas tristes de la avenida Arequipa, de la Javier Prado, de la Canadá. Esas largas noches esperando a los clientes que, pronto descubrió, eran de todo tipo. Jóvenes, viejos, borrachos, fumones, ricos, pobres. Se dio cuenta entonces que no era un bicho raro, que habían mucho hombres llevando la doble vida de la urbe. Casados respetables, hombres de familia que esperaban las altas horas de la madrugada para dejarse llevar por el lado oscuro del deseo. Al principio fue muy raro. Un acto extraño de intercambio. Sexo por dinero. Dolor. Asco. Rara vez el placer de un hombre guapo. Pero el dinero llegaba y, según Shirley, pronto podrían independizarse y salir de eso. Sin embargo, Ernesto nunca pudo dejar de sentir la culpa. Y, ni bien hubieron reunido el dinero para alquilar una casita en el Cono Norte y empezar de nuevo el negocio del salón de belleza, Ernesto desapareció. Tomó sus cosas y se fue arrastrando su mala suerte a cuestas.
* * *
Sacó toda la ropa de sus cajones, la llevó a la sala y la tiró sobre la mesa de centro. Se sentó en el sillón y ató todas las medias de nylon con nudos fuertes cuya resistencia comprobaba con las manos. Tomó la botella de whisky y bebió directamente del pico. Se subió al sillón y amarró la tira de medias a la biga de madera que sostenía las calaminas del techo. Shirley vendría al día siguiente. Tomó el encendedor, encendió un cigarro y le prendió fuego a su ropa. Shirley se encargaría de todo. Ella sabría comprender. Ella era la única capaz de comprender. Terminó de fumar frente al fuego que empezaba a correr sobre la alfombra, se subió al sillón, ató el extremo de las medias alrededor del cuello y, con una sonrisa desmedida en el rostro se despidió de Ernesto y, como una Reina, saltó.
José Antonio Galloso
San Francisco, 2006
Derechos Reservados
Si Huyes Hacia Adentro
Les presento a La Palabra.
Y estas son las razones por las que José Antonio Galloso es mi poeta preferido. El insiste en que ya no es un poeta y tiene sentido. Pero para mí siempre será el Poeta.
Conozco cada verso de memoria.
Para morir sonriendo.
Y renacer en Azules, Violetas.
LA VOZ QUE TE CONTIENE
En un instante
Se abre el mundo
Y eres tú
Con mi beso
Dibujado en la sonrisa
Con los versos
De mis páginas vacías
Escondiéndose en tus ojos
En un instante
Se abre el mundo
Y soy yo
Esta voz
Que te contiene.
ALMA DE CATARATA
Todas las puertas
Son reales
Cuando el río
Se desborda
En tu vientre
En tu alma
De catarata virgen
En la que yo
Caigo hacia arriba
Porque el amor
No mata.
SILENCIO
¿Dónde estás
Princesa
Dónde estás?
La palabra se enferma
De saberte real
Y lejana
El mundo no significa nada
Cuando tu voz
Se esconde
Ahora que no estás
El tiempo eres tú
Inalcanzable e infinita.
HACIA LO PROFUNDO
Quiero llegar
Al punto
Donde todo termina
Menos tú.
Para que mi entera vida
Se levante
Con tu nombre
Para que mi soplo
Cansado de andar
Sirva de caricia
A tu verso profundo
De ombligo de universo
Y de romance
Y de piel
Y de hoja vacía
Cayendo
En un intersticio
Del otoño humano.
SOLEDAD
La muerte
Nunca será suficiente
Para arrancarte de mí
Porque eres yo mismo
Y al revés
Porque eres la luz
Que equilibra mi oscuridad
O finalmente
Porque eres
El poderoso grito
De mi silencio.
LA PROPIA VOZ
Sabes de mí
Soy la rosa que atraviesa
Los terribles muros
De tu encierro
Soy el silencio
Y la rebeldía
De tu pensamiento encadenado
Soy también
La lágrima que escondes
Para que el otro
El prójimo
Sonría.
ATARDECER
Volveré
Con los ojos
Llenos de arte
De revolución
Y de deseo
Volveré
Con el atardecer
En mi sexo
Con delfines
Saltando en la sonrisa
Y encontraré mi mano
Ansiosa de la voz.
Del libro Si Huyes Hacia Adentro, Colmillo Blanco 1998.
Y estas son las razones por las que José Antonio Galloso es mi poeta preferido. El insiste en que ya no es un poeta y tiene sentido. Pero para mí siempre será el Poeta.
Conozco cada verso de memoria.
Para morir sonriendo.
Y renacer en Azules, Violetas.
LA VOZ QUE TE CONTIENE
En un instante
Se abre el mundo
Y eres tú
Con mi beso
Dibujado en la sonrisa
Con los versos
De mis páginas vacías
Escondiéndose en tus ojos
En un instante
Se abre el mundo
Y soy yo
Esta voz
Que te contiene.
ALMA DE CATARATA
Todas las puertas
Son reales
Cuando el río
Se desborda
En tu vientre
En tu alma
De catarata virgen
En la que yo
Caigo hacia arriba
Porque el amor
No mata.
SILENCIO
¿Dónde estás
Princesa
Dónde estás?
La palabra se enferma
De saberte real
Y lejana
El mundo no significa nada
Cuando tu voz
Se esconde
Ahora que no estás
El tiempo eres tú
Inalcanzable e infinita.
HACIA LO PROFUNDO
Quiero llegar
Al punto
Donde todo termina
Menos tú.
Para que mi entera vida
Se levante
Con tu nombre
Para que mi soplo
Cansado de andar
Sirva de caricia
A tu verso profundo
De ombligo de universo
Y de romance
Y de piel
Y de hoja vacía
Cayendo
En un intersticio
Del otoño humano.
SOLEDAD
La muerte
Nunca será suficiente
Para arrancarte de mí
Porque eres yo mismo
Y al revés
Porque eres la luz
Que equilibra mi oscuridad
O finalmente
Porque eres
El poderoso grito
De mi silencio.
LA PROPIA VOZ
Sabes de mí
Soy la rosa que atraviesa
Los terribles muros
De tu encierro
Soy el silencio
Y la rebeldía
De tu pensamiento encadenado
Soy también
La lágrima que escondes
Para que el otro
El prójimo
Sonría.
ATARDECER
Volveré
Con los ojos
Llenos de arte
De revolución
Y de deseo
Volveré
Con el atardecer
En mi sexo
Con delfines
Saltando en la sonrisa
Y encontraré mi mano
Ansiosa de la voz.
Del libro Si Huyes Hacia Adentro, Colmillo Blanco 1998.
Kojuracconto 1
Nunca he pasado, digamos, un correo colectivo para invitar a mis amigos a Kojudópolis, cosa que haré en breve. Así que este es sólo un post a modo de mapa para guiarlos por mis post preferidos. Las vicisitudes de la Guapa y de la Chica Veneno. Los trabajos en el teatro, los trabajos raros ... Las descargas políticas, inútiles, las inofensivas... Mi primera nota publicada en un diario, yeee... Un cuentito basado en la vida real ...
Compartir con ustedes la gracia de Roncagliolo en Para visitar la ciudad de los Reyes. La víscera, dulzura y maravilloso sentir barranquino-universal de Kenneth...
Mi J. junto al inicio del teatro para mí. Y el video de el día de mi suerte.
La verdad, es que acabo de aprender a hacer enlaces. Que disfruten.
Compartir con ustedes la gracia de Roncagliolo en Para visitar la ciudad de los Reyes. La víscera, dulzura y maravilloso sentir barranquino-universal de Kenneth...
Mi J. junto al inicio del teatro para mí. Y el video de el día de mi suerte.
La verdad, es que acabo de aprender a hacer enlaces. Que disfruten.
viernes, 1 de febrero de 2008
Dos más con Kenneth - a pedido del público
Caray, por más que lo intento no consigo poner los poemas con su estructura original...se alinean todos automáticamente...grrr... bueno, compren el libro, y allí verán la estructura original de los poemas. Ja.
Editores Kojudos Asociados.
I.
El río está dentro de nosotros, el mar en torno nuestro
T S Eliot
Vienes, vengo
Me alejo te alejas
Como una luna en el agua
Sucumbo, acaba
Hago contacto, te enciendes
Y tu boca se escapa
Comienzo borrando tu cartografía
Termino estirando mis límites y levantando tu falda
Vengo, vienes
Te alejas me alejo
Como una nube en el agua
..............
II.
Qué clase de verde sangre
Arremete tu destino
Corren por tu sistema nervo-circulatorio
¿Cuántos pigmentos?
Niña jodida
Estas teñida
Con cochinilla y tuna
Estas vestida
De roja espina
Palpito a la mitad del hombre
Sabia sangras
¿Animal o árbol?
Y te pregunto ¿hija de qué cosas tan raras, eres?
. . .
No se pierda el Balance Kojudo.
Editores Kojudos Asociados.
I.
El río está dentro de nosotros, el mar en torno nuestro
T S Eliot
Vienes, vengo
Me alejo te alejas
Como una luna en el agua
Sucumbo, acaba
Hago contacto, te enciendes
Y tu boca se escapa
Comienzo borrando tu cartografía
Termino estirando mis límites y levantando tu falda
Vengo, vienes
Te alejas me alejo
Como una nube en el agua
..............
II.
Qué clase de verde sangre
Arremete tu destino
Corren por tu sistema nervo-circulatorio
¿Cuántos pigmentos?
Niña jodida
Estas teñida
Con cochinilla y tuna
Estas vestida
De roja espina
Palpito a la mitad del hombre
Sabia sangras
¿Animal o árbol?
Y te pregunto ¿hija de qué cosas tan raras, eres?
. . .
No se pierda el Balance Kojudo.
jueves, 31 de enero de 2008
Kojubalance 2007
Hola, qué tal. He vuelto. La miseria pasó. Entusiasmo y alegría. Entre otros, porque ya se viene EL CARNAVAL DE BARRANCO uuuuuuu!!! Tono. Party. Aguita - en chisguete, nomá, ya no son tiempos de baldazos. Vacilón loco. Y Lima necesita un carnaval. Necesita un día de locura, un día de mascarada donde las máscaras que usamos regularmente se cambien por las que uno elija. Fantasía y libertad. Esta es mi fiesta preferida. Espero todo el año por ella. Nuestro objetivo es que se convierta nuevamente en tradición, como lo era antes. Parece que todo marcha viento en popa. Este año me disfrazo de Tapada Moderna (Chicha) y mi bb de Hadita Barranquina. Con alas y todo. No más.Ok. El Balance Kojudo es profundo y consta de cinco planos de observación. El Mundial. El Regional. El Nacional. El Personal. Y una yapa.
I. Balance Kojudo Mundial
Pareciera que los gringos sintieron por fin a la guerra en sus bolsillos y que dejarán su cobarde guerra por petróleo. Parece que ganarán los demócratas, que dizque son los menos peores. Digamos que a esta altura Bush hace rato que es un Ollanta o un Chavez mundial. Soy muy feliz por el nobel por la paz entregado a Gore. Hay un post, el primero de este blog, que habla de eso. Grande Gore. Qué pataleta le habrá dado al mono del norte. JA. JA. JA. Me cae mal.
En todo caso, parece que fue el año del estate quieto a los tiranos. A mí, el rey de España, como dirían los españoles, me la suda. Sin embargo debo decir que me encanta que haya cuadrado al mono del Sur. Que lo cuadre él, o cualquier otro, me da lo mismo. No joda, Chavez. Qué mal me caen los dictadores.
Por otro lado, en oriente, los verdaderos berracos del barrio, los Iraníes, ya se hartaron de la patanería de los gringos. Qué MEIO. Ésos pendejos sí tienen bombas atómicas, material nuclear, bombas químicas. Ellos sí. Claro que los gringos ya sabían esto. Y mientras sale Bush diciendo que fácil se quedan unos diez añitos más en Irak. ¿Se les pasará factura? Dicen -el calendario Maya y muchos hermanos iluminados y otros demasiado fumados- que será en el 2013. ¿Será cierto eso? Merece su propio post.
2. Balance Kojudo Regional
Naturalmente el protagonismo se lo lleva todo el Mono del Sur. Y Uribe, que por rígido y tal vez por falta de visión, terminó convirtiendo a Chavez casi en un ídolo, al liberar en coordinación con las FARC a los famosos tres rehenes. Toda latinaoamérica respirando felíz por la liberación. Y claro, luego tienes a Chavez diciendo que las FARC no son fuerzas terroristas. Está bien que quieran formar su partido político y legalizarse. Pero no me jodas con que no son terrucos. O más bien que no lo han sido hasta ahora. Cómo no secuestran un rato a Chavez y lo amarran unos años del pescuezo a ver si son terrucos o no. No es que los terrucos me caigan peor que los tiranos al poder. Para nada. Es que no me gusta el abuso. Ninguna forma de abuso. Ni imposisión.
Y decir que las FARC no son fuerzas terroristas, es pues, como decir que Fuji no sabía nada, que no conocía a Vladi o que Toledo jamás se metió un tiro.
Aprovecho para avisarles que: La Embajada de Colombia en Lima, como facilitadora en la unificación de esfuerzos y acciones que se han generado para marchar el próximo 4 de febrero, en solidaridad con la causa del grupo Facebook "UN MILLON DE VOCES CONTRA LAS FARC", http://www.colombiasoyyo.org/ , convoca a la colonia colombiana en el Perú, a los amigos de Colombia, a los medios de comunicación y a todo el país a: LA MARCHA QUE SE REALIZARÁ EL Lunes 4 DE FEBRERO A LAS 11 A.M. SALIENDO DE LA PLAZA DE BOLIVAR (frente al Congreso), PASANDO POR LA PLAZA DE ARMAS PARA TERMINAR EN LA PLAZA DE SANTO DOMINGO.
Anda, y después te comes tu sanguchito en el Queirolo.
3. Balance Kojudo Nacional
¡Soy Inocente! Dijo el Fujitivo. Digno de un ring tone. Contra todo pronóstico, el jucio a Alberto parece transparente y legal. Parece que a Fuji no lo salva ni su nieto. Que pena, pero qué lindo sería. Una lección al fin para los tiranos del mundo. O por lo menos, para los de la región. El chino, alicaído, casi da pena. Hay que hacer un esfuerzo y recordar al patán soberbio, rosado y alimentadito, todopoderoso, que contestaba siempre con la cachita de la impunidad. A mí no me cuesta recordarlo. Lo recuerdo claramente. Siento que la haya cagado. Pero ya basta de mentiras y de aprovecharse de la ignorancia de unos y de la indolencia de otros. Chau fujimorismo, con Keiko y Kenji.
Alguien escribió en la vía expresa Libertad para el hombre que liberó al país del terror. El Komando Rosa, el cual me enorgullezco de conformar, estuvo a punto de agregarle a la pinta con tinta rosa: Si, gracias, Melcochita.
Nos perdimos la ocasión.
Y finalmente se firmó el TLC con EEUU. Yo participé en varias movidas en contra de una firma ligera de ese TLC. Valemos. Merecemos que nos valoren. No podemos regalarnos como una putita menor de edad, huérfana y sifilítica. Ya no es así. El Perú se levantó. Está fuerte y rico. Vital. Naturalmente, firmaron en Lima y rapidito firmaron en EEUU. Y en Lima, sorpresa. Estupor.
¿Sorpresa de qué? Tenemos estabilidad política, variedad de recursos, un nivel de delincuencia manejable para ellos, mano de obra barata, leyes manipulables, devoción de cerebro adormecido por EEUU... y somo un país mítico, importante para su plan de Estados Unidos de América, de Alaska a la Patagonia...¿De qué se sorprenden?
Ahora, ¿qué hemos acordado con ellos? ¿De qué se trata el TLC? ¿Nos convino o no? ¿Nos vendimos baratito, o no? Yo no tengo idea. Tal vez porque consideren que soy demasiado estúpida, y entonces los términos de la negociación se publican sólo en difícil y en medios para economistas y eso, por que ellos sí entienden, porque ellos sí deciden correctamente, porque ellos sí quieren el progreso y saben cómo llegar a él. Porque ellos son dueños de la verdad del mundo moderno. Tú tranquila, que ellos saben. Ellos deciden. ¡Bien por ellos! ¡Bien por nosotros!
No sé por qué me queda una sensación pastosa en el alma.
Debe ser por que no se nada.
4. Balance Kojudo Personal
Amé, perdí, me separé. Fui, durante algunas semanas, ídolo entre las amas de casa desesperadas. Luego mi bebé llamó a su viejo en sueños. Entonces lo llamé yo por teléfono. Después de muchos besos estoy por regresar a casa este fin de semana. Y ya no seré ídolo, ní ícono de independencia alguna. Me importa un pepino. Estoy buscando mi happyness y la de mi hija. Ya no me casaré con un productor magnate que tenga un yate lindo y me lleve a la polinesia francesa cada weekend. Ni tampoco encontraré a algún escritor que me convierta en personaje dramático y se lo cuente al mundo. No seré la musa de ningún director, músico, pintor. Me quedo con el tío que recuerdo en sueños, al que creo que conozco de otra vida.
Espero que me sonría mucho.
...
Espero verlo viejo un día. A mi lado. Y sonreír.
5. Yapa. Balance Kojudo Kósmiko

Se han encontrado brillantes gotas azules con un peso de decenas de miles de masas solares merodeando en la aparentemente árida extensión del espacio intergaláctico. Los “ojos” del Telescopio Espacial Hubble resolvieron los objetos, los cuales parecer ser cúmulos de estrellas nacidas en los remolinos de las violentas colisiones galácticas hace unos 200 millones de años.
Los misteriosos cúmulos estelares están considerados como huérfanos, dado que no pertenecen a ninguna galaxia concreta. En lugar de esto están agrupados en una estructura conocida como Bucle de Arp junto con un menudo puente de gas alargado como un caramelo entre las tres galaxias en colisión — M81, M82 y NGC 3077. Estas galaxias están situadas aproximadamente a 12 millones de años luz de nosotros en la constelación de la Osa Mayor. “No podíamos creerlo, las estrellas estaban en mitad de ninguna parte”, dijo Duilia de Mello de la Universidad Católica de América en Washington, D.C., y del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. Los astrónomos no habían considerado que las ramas de gas fuesen lo bastante gruesas para acumular el suficiente material para construir tantas estrellas. Pero las nuevas imágenes revelan que contienen el equivalente a cinco veces la Nebulosa de Orión.
Aunque más masivos que la mayoría de cúmulos abiertos que se alojan en el interior de las galaxias, las gotas azules son sólo una fracción de la masa de los cúmulos globulares que orbitan una galaxia. Los astrónomos estiman que muchas de las estrellas del cúmulo son de apenas 10 millones de años o más jóvenes.
Nuestro Sol, en comparación, tiene 4600 millones de años.
Está viejito.
Y un día, morirá.
Y nosotros no vivimos millones de años luz.
Pero eso, merece su propio post.
.
.
.
...
¿Le parece que este balance se ha presentado demasiado tarde, que ya estamos en febrero, o algo así?
Este no es el blog de los listillos.
Bienvenido a Kojudópolis.
viernes, 25 de enero de 2008
Este señor se llama Kenneth OBrien
Tendrá talvez 28 años, trabaja en cierto bar en el Barranco, escribe para cierta revista del mundo kojudo y guarda sus poemas en una vieja maleta verde.
Es mi poeta vivo preferido, junto al buen Galloso.
Yo le digo, odiosa, que él es mi Luchito Hernández. Parece que a él no le importa, aunque tal vez deteste la comparación y se ruborice un poco.
Con ustedes, un poeta vivísimo.
Como las aves antiguas
Tú ya no estás entre nosotros
Se que llevas en el pecho y en los bolsillos
alpiste con poemitas de nunca
Como las aves viejas
Ya perdiste la aerodinámica
Pero nada impide que te lances
Como a la materia nada le impide la tragedia
Como las aves pluscuamperfectas
Viajas solo en los vientos
Telarañas de nubes contemplan tu deceso
Hasta cuando planeas esto
Hasta que devuelvan mis alas cometas
Es mi poeta vivo preferido, junto al buen Galloso.
Yo le digo, odiosa, que él es mi Luchito Hernández. Parece que a él no le importa, aunque tal vez deteste la comparación y se ruborice un poco.
Con ustedes, un poeta vivísimo.
Como las aves antiguas
Tú ya no estás entre nosotros
Se que llevas en el pecho y en los bolsillos
alpiste con poemitas de nunca
Como las aves viejas
Ya perdiste la aerodinámica
Pero nada impide que te lances
Como a la materia nada le impide la tragedia
Como las aves pluscuamperfectas
Viajas solo en los vientos
Telarañas de nubes contemplan tu deceso
Hasta cuando planeas esto
Hasta que devuelvan mis alas cometas
domingo, 20 de enero de 2008
Depresivo, no leer

Me deprimí. Es verano. Pero el sol sale como si tuviera agenda. O peor aun, un asistente diciéndole ahora sales aquí. Ahora no. Avergonzada. Porque sé que tengo en este instante suficiente como para agradecer el resto de mi vida. Pero quiero más. Más.
Ombligo. Ego. Tiempo que corre. Incertidumbre infantil.
Me da tanta cólera cuando me pongo así. Como si no hubiera recibido suficientes señales para saber que las cosas se darán. No cuando yo quiero. No como yo imagino. Pero se darán.
Estoy buscando un agente. Manager, que le dicen. Y no encuentro. He buscado a un par de los más prestigiosos y me han dicho que ya tienen muchos actores, pero que muchas gracias. No nos llames. Nosotros te llamamos. ¡Pero suerte con tu carrera! Hijos de puta. Chotearlo a uno de esa manera. Y suprapelotuda yo, que me permito deprimirme por que un desconocido me chotea.
Recuerdo entonces el juego aquel, el de las sillas. Sí. Cuando dabas vueltitas como un kojudo inocente. Feliz corriendo alrededor de las sillitas al son de la música. Y de pronto se detiene el son cumpleañero. Unos más rápidos que otros ante el estupor del silencio, todos los niños en el juego corren y chapan su silla en saltos mortales. El que se queda sin silla, pierde. El maravilloso mundo de la infancia. O cuando te sacaban a bailar en los tonos cuando adolescentes. Ahora cada vez menos gente espera a que lo saquen a bailar. Gracias Señor. Pero antes si no esperabas , te convertías en una perra, ipso factum. Así que, señorita, a esperar.
Podría pensar que, de chica, yo nunca sufrí del síndrome del pánico al lento. Esto es un error. Tuve una adolescencia horrorosa, con muchísimos granos, sobrepeso, brillo facial, y un estado constante de mal humor. Mi pelo tomó forma más o menos cuando cumplí 17 años, a esa edad se me fueron los granos también. Hasta ese momento, la vida fue monstruosa.
Entonces es el tono que esperaste los últimos quince días. Están todas tus amigas. Todos tus amigos. Te has comprado un polito especial para el tono. Y está el chico que te gusta. Qué vá. Estás soltera. Tienes catorce años. Te gustan dos. Llega el lento. Alguien baja la luz. Tensión. Rápido, muy rápido los chicos giran buscando a sus musas en la oscuridad. Unos ya estaban bailando con ellas y rápidos, rápido, tienden la mano y las nenas aceptan. O no. Tu estás esperando. Aun. El lento ya corre. Rápido. Ves bien en la oscuridad. Tal vez te están buscando. Pero no. Divisas a lo lejos. Uno disfruta una cintura. Otro parece dormido sobre un hombro sedoso. Tu sabes que no duerme. Viene a sacarte uno. No quieres. No era lo que tú querías hacer. No era lo que tú soñabas. Te daba lo mismo si era uno u otro, es verdad. Y es que no conoces a ninguno y cualquiera - de ésos dos- podía significar lo que tanto estabas buscando. En la sombra. En la bulla. Estás solo. El lento corre interminable. Tienes tiempo para contar cada uno de tus granos. Para reconocer el sudor de sapo en la palma de tus manos. Miseria. Te preguntas, si siempre será así. Levantas la cara, desentendido, como quien busca a un amigo que está por llegar. Sacas digno un cigarro. Te intoxicas con clase y luces distante. Y todo pasa tan rápido. Y de pronto ya eres grande. Y de pronto se repite la escena, sólo que por una cosa que se llama correo electrónico que no soñabas diez años atrás. Lo mismo. Yo sé, que bailo bien. Sé que bailo lindo.
Yo también quiero bailar.
Odio sentirme depre. No lo soporto. Estoy sana. Creo en mi Dios. Tengo amor. Tengo tantísimos dones. Tengo mucha gente que me quiere. Tengo salud. No tengo derecho de sentirme más así. Llegará alguien que me vea y verá. Tengo mucho que dar a pesar de estas ganas traidoras de llorar.
Voy a hacerme un peeling al alma.
¿De k karajo m kejo?
No me soporto hoy. No lea este post.
viernes, 18 de enero de 2008
Me encanta cuando hablan con Huston...

No importa qué. Por lo general continuaría un tristísimo Él, Peter Mcgrownic, capitán del equipo vencedor de football de este año, es el protitipo ideal para esta trascendente misión, será el primer hombre en Marte, una misión de la que todos los Norteamericanos nos sentimos orgullosos... Luego llama el presidente. Eso fue asombroso, capitán. Nos ha demostrado que en ocaciones adversas América se une y puede más allá de la política. Puede. Nos ha demostrado que América...puede escalar a las estrellas. Thank you mr. president. Aquí Huston, todo en orden reciban las coordendas... ¿Escucharon? ¡Nos vamos a casa, amigos!... Luego es triste, te das cuenta que estás viendo Especies II en red global, y lo que sigue es una suerte de escupitajo negro que se come a los buenos y patrióticos astronautas, y cosas así. No tengo nada contra Red Global, en absoluto. Pasan unas novelas buenísimas. Sólo Rede Global. ¿Comprende?, fuchibol... Creo que es de lo mejor que tiene la televisión latinoamericana. ¿Quién hace novelas como los brasileros? ¿Más exactamente, como los de la rede aquella? Se dedican a ello, aman profundamente lo que hacen. Y lo hacen seriamente. A las fieras anticulebroneras, estoy de acuerdo en todo con ustedes. Pero hay algunas pocas cosas buenas en todo, incluso en el mundo de las novelas. Pero ése es otro post.
Estaba en la Red aquella -en su versión chichísima y justo por eso mucho más entrañable- no por estar viendo alguna novela. Ha terminado una extraordinaria que me enganché a ver cuando llegué aquí, a Huachipaland. Alma Gemela. Qué drama. Qué actores. Qué ambientación. Nos reíamos con mi viejo porque ponían música de fondo a Sinatra en una época que sería más o menos ochenta años anteriores a que él pusiera su primer pañal en ésta tierra, pero qúe más da, la verdad es que quedaba bien. Los edificios son de cartón pero en Hollywood también y nadie jode.
Abro el messenger, tentadísima porque no debería, ya que termina una - como yo- en horas de ciberhueveo que en nada materializa mi energía. Y me encuentro con la kamarada Nole, felíz y entusiasmadísima de oírleerme, y yo también rebozo y le cuento Nole, estoy escribiendo un post que se llama Me encanta cuando hablan con Huston...desde el espacio, manyas...aló Huston y me imagino inmediatamente flotando en el silencio de la noche constante, rodeada de estrellas, mirando el planeta pequeño flotar delante mío, como una promesa imposible, como una lágrima de despedida, suspendida en el tiempo, cargada de tanto y con tan poco tiempo, tan poco ego, tan poca trascendencia, hay tantas como ella. Tantas. Ella lo sabe y no sufre por eso. Sufre por la comezón que le generamos. Somos un hongo jodido que explota, perfora, incide. Aló Huston, manyas, Nole...Me doy cuenta entonces, que me encuentro sola en el ciberespacio, perdida en el silencio de mi amiga que me quiere, me ama, pero naturalmente, como toda chica moderna se queda pegada en sus otras tantas ciberconversaciones...Aló Huston...floto en espirales en el negro y aterciopelado silencio de las estrellas...un bip lejano como en Bladerunner...humedad y frío en enero... la culpa de todo la tiene mi madre, pienso. Continúo.
Ahora mi papá ha llegado a casa. El tiene cable, pero es un hombre práctico. La cosa va así: Walker Ranger Texas, seguido por la novela de Rede Globo de turno y, casi inevitablemente, la película que muy amorosamente Red Global selecciona para nosotros. Generalmente, un oprobio fílmico, un bodrio. Salvo en fiestas, que nadie ve la tele. No sé porqué ahí sí pasan unos peliculones. Sólo hay cambios en el programa si la peli en cuestión es un dramón. Nada de dramones post cena. De eso ya tuvimos bastante.
Y hoy tocaron extraterrestres. De los malísimos. Baratísimos además. Made in china con actores arios. La compu está en la sala. Ajá. Mientras papá ve aliens yo les comparto esto. Pero se pone difícil de sostener cuando la chica en cuestión se mete un polvo escandaloso con el capitán de la nave que acaba de volver de Marte, que además era capitán de football, y ella,- la imagino, no he querido voltear a verla- húmeda por donde la veas, gime, grita y se retuerce porque claro, el astronauta ha regresado de Marte y no es más el mismo, tiene un alien dentro. Se exande una epidemia sexual y todas las naves y el cuerpo militar queda en cuarentena sexual... Alucina la paja de estos gringos. Esas cosas sólo sabe hacerlas H.R.Giger .
Es demasiado fuerte el estímulo de los gemidos de la fulana en su sesión con el alien. Me aburre que roben mi atención tan descaradamentre. Salgo a fumarme un cigarro. Claro, en Huachipaland normalmente se ven las estrellas. Yo siempre quise ser astronauta. Supongo que de alguna manera, lo logré.
Perú es especial. Pero siempre he creído que es especial con quien sabe mirarlo. Es por eso que es mágico. No se muestra al ojo común. Miras al cielo y sientes el movimiento espiral del cosmos, recuerdas el cielo de los Nazca, de los Paracas, de los Pisco. Hola Huston. Un hombre alado extraña la tierra. Cuando me contaron en el colegio que todo lo que se emitía por radio, tele o teléfono flotaba en la atmósfera rodeando la tierra no pude evita imaginar a la tierra rodando, como un macrogigante polvoriento del que las pulgas escapan y vuelven por ley gravitacional.
Recuerdo ahora, que yo había entrado a la compu para ver mi correo y nada más, porque tengo que hacer mi agenda.
Pero es que es tan lindo el mundo.
Digo el cielo, las estrellas.
Hola Huston.
Flotar.
lunes, 14 de enero de 2008
El día de mi suerte
Así que como nadie tiene nada comprado, y todo me está yendo tan bien, me entra como siempre un miedo agudo. Un cierto Síndrome de Héctor, de que cuando todo va tan bien, se vaya a joder. Así que quiero que lo sepan, y si me quieren, cúmplanlo. Cuando me muera- que espero sea en unos cincuenta años, mínimo- QUIERO QUE VENGA UNA ORQUESTA DE SALSA A TOCAR A MI VELORIO Y AL ENTIERRO. Y que vengan a tocar sólo música de Lavoe. Quiero que los que me quieran beban, se emborrachen. Que bailen a muerte la muerte. Quiero que recuerden a Hector el día en que me muera. Quiero que sea un carnaval surrealista. VAYAN DISFRAZADOS. Si quieren llorar, lloren. Pero bailen. Beban. Y recuérdenme bailando, riéndo, luchando. Queriéndolos tanto. Enséñenle a mi hija que todo tiene su final y que pronto, un día, nos reencontraremos. En muchos años terrenos. En un segundo cósmico. También pueden tocar Idilio, y las canciones de Buenavista Club Social.
Me va a dar tanta pena irme que los quiero ver rumbeando cuando me vaya. Quiero que el último recuerdo en mi retina ectoplásmica sea verlos a ustedes gozando, luchando contra la pena. Cuando me vaya, quiero irme como me enseño Héctor, riendo y amando, sin poder ignorar esta nostalgia que no me suelta la manga.
Los quiero tanto gente. Planeta. Hermanos.
Esta es la canción que me gustaría oír cuando me acuesten. Sin cajón, por favor. Ahórrense eso y pongan más bien flores con aromas ricos en el fondo. Blancas y rosadas. Me envuelven en una sábana y me zampan. Si se puede planten encima un árbol de Olivo, o un mango y si es posible, un poco de sativa para que mi gente más querida me fume.
Eso es todo. Díganle al mar que lo amo. Díganle al mundo lo que ya sabe: que amé estar aquí.
Gracias a la salsa que me enseño a reír cuando me moría de dolor. Gracias a ustedes. Gracias a Dios. Gracias García Márquez. Muchísimas gracias, Hector Lavoe.
Salsa y saoco. Risa, amor y muerte.
Me va a dar tanta pena irme que los quiero ver rumbeando cuando me vaya. Quiero que el último recuerdo en mi retina ectoplásmica sea verlos a ustedes gozando, luchando contra la pena. Cuando me vaya, quiero irme como me enseño Héctor, riendo y amando, sin poder ignorar esta nostalgia que no me suelta la manga.
Los quiero tanto gente. Planeta. Hermanos.
Esta es la canción que me gustaría oír cuando me acuesten. Sin cajón, por favor. Ahórrense eso y pongan más bien flores con aromas ricos en el fondo. Blancas y rosadas. Me envuelven en una sábana y me zampan. Si se puede planten encima un árbol de Olivo, o un mango y si es posible, un poco de sativa para que mi gente más querida me fume.
Eso es todo. Díganle al mar que lo amo. Díganle al mundo lo que ya sabe: que amé estar aquí.
Gracias a la salsa que me enseño a reír cuando me moría de dolor. Gracias a ustedes. Gracias a Dios. Gracias García Márquez. Muchísimas gracias, Hector Lavoe.
Salsa y saoco. Risa, amor y muerte.
sábado, 12 de enero de 2008
Para tí
Que aún pides tarjetas Tim. Que pides Corn Flakes para tu desayuno- ahora se dice cereal-. Para tí que te acuerdas de Milkito. Que compraste tu jean Wrangler en Oeschle, o en Tía, o en Monterrey. Para tí que toneaste de toque a toque, que hiciste de las bombas un bombo más en tu concierto, que no te perdiste ni un quinceañero a pesar de los apagones. A tí, por que bebiste ron industrial y vino de caja, que chupaste en todos los parques, en el malecón, en la bodega y en la puerta de tu casa y la de tus patas. Para tí, que salías a celebrar los martes por la noche, lejos del tiempo del serenazgo, lejos de la estabilidad económica, lejos del progreso. A oscuras. A tí, que te vacilaste a vela y con guitarra. Si hay cajón mejor. No vaya a ser que lo metan a uno mañana en uno. Para tí, que entregaste tu alma al rock, que te alejaste de las sendas del sopor de la balada romántica... Un video insospechado. Viva la internet. Viva nuestra era. Era que termina.
Sí, aprendí a pegar videos
Y quiero compartir éste con ustedes. Gracias a la amiga que me lo enseño. Gracias a Dios porque ella está, tal vez por primera vez en décadas, entrando por fin en sus verdaderos zapatos. Sandalias breves. De algodón de cristal. Gracias a ustedes por buscar. Gracias a Dios por que amo y me aman. Gracias por estar aquí. Gracias por todo.
Bien lo dijo aquel célebre filósofo contemporáneo:
Gracias totales.
Bien lo dijo aquel célebre filósofo contemporáneo:
Gracias totales.
martes, 8 de enero de 2008
Fiestas felices
En este momento estoy viendo a mi bebita mirar Arma Letal con su Nonno. Ambos ven a Mel Gibson correr y recibir descargas imposibles de electricidad en una ducha improvisada. Mi bebe mira y dice wawa - agua-. Mi papá dice si, bravo. Bum, bum, bum. Ahora ella dice bravo. Se ha despertado a media noche porque ha tenido pesadillas con nuestro perro David, porque se ha levantado moqueando y ha pedido Guauguauguau. Silvé y vino mi perro -alias, La Mota- y empezó a cocolarlo y darle besitos. Ahora mi bebe come un pedacito de chocolate bitter de la mano de su abuelo.
Ven juntos la tele.
¿Año nuevo?
Tranquilo, en casa...
Ven juntos la tele.
¿Año nuevo?
Tranquilo, en casa...
viernes, 21 de diciembre de 2007
DESDE AFUERA
Con ustedes, un Cuentito.
Hubiera querido que fuera diferente. Ella lo sabía. Era la primera vez que lo veía en su vida, pero era fácil comprenderlo. Leer en su rostro sus pensamientos era tan sencillo que no terminaba de asombrarla. De haber sabido que era así de fácil, hubiera aprovechado mejor mi tiempo, pensó.
Él le había dedicado una mirada de lejos. Desde su salón, reconociéndola. Pero no podía separarse de sus hijos, su mujer, su madre, su papá, sus hermanos, sus amigos. De todo su clan que se había presentado en pleno. Paseaba entre los presentes sin dejar de acariciarlos, de besarlos en el viento, de alentarlos. Él sí tenía una familia. Y cómo hubiera querido que las cosas fueran distintas. A ella, en cambio, le daba mismo. A despedirla habían venido unas cuantas tías y conocidos viejos. De esos que se enteraron por el periódico. En verdad ni se acuerdan bien de ti, pero igual vienen porque les gusta el sabor del café de los velorios y aprovechan para ver gente. Se divierten como locos rajando del muerto y apuestan secretamente quién será el próximo.
Amalia estaba ahí afuera. Todavía confundida por el súbito cambio de estado de sólido a gaseoso. Sin haber aprendido todavía a no desear, a no sentir su cuerpo faltante, se moría por un pucho, un café cargado y por mear hacía rato. Comer un poco. Un pollo a la brasa, por ejemplo. Él no quería nada. Aunque si pudiera tomaría una ducha. Su familia había limpiado y emperifollado primorosamente a su cadáver. Pero él seguía llevando el terno gris medio bañado en sangre desde el accidente. Le molestaba la humedad y el pegoste. No podía evitar los estremecimientos del frío.
Ahora que sus orejas no servían más , no tenía problemas para oír, y sin ojos, podía ver todo claramente. Un privilegio miserable pero divertido. Exclusivo para los muertos y los entes divinos. Ahora podía no sólo leer los pensamientos. Sino también oírlos, olerlos. Miraba desde el patio de lajas que unía los dos velatorios, al interior del salón de Carlos. Nunca antes lo había visto. Imposible. Ella conocía a mucha gente. Pero no a este joven. Tenía una excelente memoria a pesar de la muerte. Le gustaba el espíritu de este hombre, quien lamentaba terriblemente, que el velorio lo hubiera organizado su madre. Sufriente por naturaleza y absolutamente desolada por la fatal perdida de su hijo, había encargado todo a una empresa convencional. De esas que te hacen tragarte la muerte como una píldora. Mimos pagados que además salen tan caros. Maldecía no haber tomado las precauciones del caso. Haber redactado en vida por ejemplo una carta. Autorizar a Silvia a organizar su velorio. Ella – la castaña bonita sentada en la esquina, la que no para de fumar –es su mejor amiga. Ha sido la mejor compañera para la fiesta de promoción, su organizadora de juerga al ingresar a la universidad, al egresar y al doctorarse. Como también fue, en complicidad con su esposa -la pelirroja sentada al lado del féretro, la que ya no llora- la organizadora de su despedida de soltero y coordinadora general de su matrimonio, que según las imágenes que flotaban en el recuerdo, fue maravilloso. Música para toda la familia. Ellos felices. Sus hijos, los tres, ya estan en la fiesta jugando, sólo que nadie los ve. Aún no han llegado al mundo.
Él hubiera querido que en su velorio hubiera también una orquesta, y trago abundante para la familia y los amigos. Que bailen y beban. Que lloren si quieren. Y si quieren que se rían, que coman, que olviden. Que sean tratados bien. Si Silvia hubiera organizado esto habría creado también un espacio colindante con velas aromaterapéuticas, un cura, un par de monjas o krishnas, algún amigo psicólogo. Un sitio cómodo para quienes sufrieran más la pérdida. Divanes, almohadones, luz tenue. Un poco de gentileza. Como publicista, tenía muy en cuenta el efecto que crea en la gente el contexto en el que se presentan las cosas. Y le preocupaba lo perjudicial que podía estar siendo para sus niños, su esposa y su propia madre toda esta atmósfera doliente. Viciada de tabaco. Iluminada por antorchas de neón. Si las chicas hubieran organizado esto, todo estaría mejor, pensaba el pobre. No lo enterrarían vestido y con zapatos en esa caja. Lo hubieran cremado. Lo hubieran devuelto al mar. Al viento.
A Amalia le importaba un pito lo que hicieran con ella. Ya en vida, le pasaba lo mismo. Pero no podía evitar sentirse fastidiada. Que la muerte la alcanzara a ella, una mujer de cincuenta y cinco años, léase para este mundo, una vieja, sola, sin hijos, sin plata y con tan pocos amigos, era casi una bendición. Algo nuevo tendrá que pasar, si sigo pensando, pensaba la muerta, Como dijo el filósofo, pienso, luego existo, y no le molestaba para nada la idea de que llegara algo nuevo. Aquí dejaba los bares, los bingos, un cuarto verde de dos por medio con todos sus errores. Unas cuantas deudas. El pañito ajado de belleza con el que secó todas las lágrimas de su juventud. Creía dejar también a sus dos abortos, pero ahora podía ver que la seguían hasta el más allá. Si hubiera tenido un cigarro, en ese momento lo hubiera tirado con rabia al piso. Lo hubiera aplastado. Hasta su muerte era amarga. Pero este hombre, ¿por qué?, ¿por qué dejar así a esos niños, a esas buenas mujeres, a esos hermanos, a ese pobre padre? Nunca le había dado por filosofar sobria y le costaba alcanzar la lucidez. Sus hijos chiquitos. El amor que mata el aire nace en su esposa. Hace rato que venía pensando en las cosas que no hizo en vida y que hubiera estado bueno hacer. Por ejemplo no enamorarse de mujeriegos miserables y desconsiderados. Ir más a la playa. Aunque estuviera sin plata. Dejar de fumar porque sale muy caro en vida y luego resulta que te llevas el vicio a la tumba. Amalia pensaba también que nunca había protestado. Ni por ella, ni por los demás. Había asumido todas sus desazones sin venganzas ni escándalos. Pero su vecino de velorio había conseguido agriarle incluso la muerte. Esto debía ser la compasión. Se preguntó si Dios tendría un sector de reclamos y averías. O algún punto de información. Eso estaría bien, para empezar. Aunque hubiera que hacer cola. En todo caso, se preguntó si Dios tendría algún sector en todo esto. Un escalofrío helado recorrió el recuerdo de su espalda. Ahora que todo era viento, supo que su nuevo amigo se preguntaba una y otra vez, desesperado, lo mismo.
Hubiera querido que fuera diferente. Ella lo sabía. Era la primera vez que lo veía en su vida, pero era fácil comprenderlo. Leer en su rostro sus pensamientos era tan sencillo que no terminaba de asombrarla. De haber sabido que era así de fácil, hubiera aprovechado mejor mi tiempo, pensó.
Él le había dedicado una mirada de lejos. Desde su salón, reconociéndola. Pero no podía separarse de sus hijos, su mujer, su madre, su papá, sus hermanos, sus amigos. De todo su clan que se había presentado en pleno. Paseaba entre los presentes sin dejar de acariciarlos, de besarlos en el viento, de alentarlos. Él sí tenía una familia. Y cómo hubiera querido que las cosas fueran distintas. A ella, en cambio, le daba mismo. A despedirla habían venido unas cuantas tías y conocidos viejos. De esos que se enteraron por el periódico. En verdad ni se acuerdan bien de ti, pero igual vienen porque les gusta el sabor del café de los velorios y aprovechan para ver gente. Se divierten como locos rajando del muerto y apuestan secretamente quién será el próximo.
Amalia estaba ahí afuera. Todavía confundida por el súbito cambio de estado de sólido a gaseoso. Sin haber aprendido todavía a no desear, a no sentir su cuerpo faltante, se moría por un pucho, un café cargado y por mear hacía rato. Comer un poco. Un pollo a la brasa, por ejemplo. Él no quería nada. Aunque si pudiera tomaría una ducha. Su familia había limpiado y emperifollado primorosamente a su cadáver. Pero él seguía llevando el terno gris medio bañado en sangre desde el accidente. Le molestaba la humedad y el pegoste. No podía evitar los estremecimientos del frío.
Ahora que sus orejas no servían más , no tenía problemas para oír, y sin ojos, podía ver todo claramente. Un privilegio miserable pero divertido. Exclusivo para los muertos y los entes divinos. Ahora podía no sólo leer los pensamientos. Sino también oírlos, olerlos. Miraba desde el patio de lajas que unía los dos velatorios, al interior del salón de Carlos. Nunca antes lo había visto. Imposible. Ella conocía a mucha gente. Pero no a este joven. Tenía una excelente memoria a pesar de la muerte. Le gustaba el espíritu de este hombre, quien lamentaba terriblemente, que el velorio lo hubiera organizado su madre. Sufriente por naturaleza y absolutamente desolada por la fatal perdida de su hijo, había encargado todo a una empresa convencional. De esas que te hacen tragarte la muerte como una píldora. Mimos pagados que además salen tan caros. Maldecía no haber tomado las precauciones del caso. Haber redactado en vida por ejemplo una carta. Autorizar a Silvia a organizar su velorio. Ella – la castaña bonita sentada en la esquina, la que no para de fumar –es su mejor amiga. Ha sido la mejor compañera para la fiesta de promoción, su organizadora de juerga al ingresar a la universidad, al egresar y al doctorarse. Como también fue, en complicidad con su esposa -la pelirroja sentada al lado del féretro, la que ya no llora- la organizadora de su despedida de soltero y coordinadora general de su matrimonio, que según las imágenes que flotaban en el recuerdo, fue maravilloso. Música para toda la familia. Ellos felices. Sus hijos, los tres, ya estan en la fiesta jugando, sólo que nadie los ve. Aún no han llegado al mundo.
Él hubiera querido que en su velorio hubiera también una orquesta, y trago abundante para la familia y los amigos. Que bailen y beban. Que lloren si quieren. Y si quieren que se rían, que coman, que olviden. Que sean tratados bien. Si Silvia hubiera organizado esto habría creado también un espacio colindante con velas aromaterapéuticas, un cura, un par de monjas o krishnas, algún amigo psicólogo. Un sitio cómodo para quienes sufrieran más la pérdida. Divanes, almohadones, luz tenue. Un poco de gentileza. Como publicista, tenía muy en cuenta el efecto que crea en la gente el contexto en el que se presentan las cosas. Y le preocupaba lo perjudicial que podía estar siendo para sus niños, su esposa y su propia madre toda esta atmósfera doliente. Viciada de tabaco. Iluminada por antorchas de neón. Si las chicas hubieran organizado esto, todo estaría mejor, pensaba el pobre. No lo enterrarían vestido y con zapatos en esa caja. Lo hubieran cremado. Lo hubieran devuelto al mar. Al viento.
A Amalia le importaba un pito lo que hicieran con ella. Ya en vida, le pasaba lo mismo. Pero no podía evitar sentirse fastidiada. Que la muerte la alcanzara a ella, una mujer de cincuenta y cinco años, léase para este mundo, una vieja, sola, sin hijos, sin plata y con tan pocos amigos, era casi una bendición. Algo nuevo tendrá que pasar, si sigo pensando, pensaba la muerta, Como dijo el filósofo, pienso, luego existo, y no le molestaba para nada la idea de que llegara algo nuevo. Aquí dejaba los bares, los bingos, un cuarto verde de dos por medio con todos sus errores. Unas cuantas deudas. El pañito ajado de belleza con el que secó todas las lágrimas de su juventud. Creía dejar también a sus dos abortos, pero ahora podía ver que la seguían hasta el más allá. Si hubiera tenido un cigarro, en ese momento lo hubiera tirado con rabia al piso. Lo hubiera aplastado. Hasta su muerte era amarga. Pero este hombre, ¿por qué?, ¿por qué dejar así a esos niños, a esas buenas mujeres, a esos hermanos, a ese pobre padre? Nunca le había dado por filosofar sobria y le costaba alcanzar la lucidez. Sus hijos chiquitos. El amor que mata el aire nace en su esposa. Hace rato que venía pensando en las cosas que no hizo en vida y que hubiera estado bueno hacer. Por ejemplo no enamorarse de mujeriegos miserables y desconsiderados. Ir más a la playa. Aunque estuviera sin plata. Dejar de fumar porque sale muy caro en vida y luego resulta que te llevas el vicio a la tumba. Amalia pensaba también que nunca había protestado. Ni por ella, ni por los demás. Había asumido todas sus desazones sin venganzas ni escándalos. Pero su vecino de velorio había conseguido agriarle incluso la muerte. Esto debía ser la compasión. Se preguntó si Dios tendría un sector de reclamos y averías. O algún punto de información. Eso estaría bien, para empezar. Aunque hubiera que hacer cola. En todo caso, se preguntó si Dios tendría algún sector en todo esto. Un escalofrío helado recorrió el recuerdo de su espalda. Ahora que todo era viento, supo que su nuevo amigo se preguntaba una y otra vez, desesperado, lo mismo.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Chica Veneno
Debo un post acerca de la gente de mi colegio. He narrado sólo un momento de ésa época y eso no es justo. Especialmente si consideramos que muchas de las Niñas del Círculo del Dolor terminaron siendo personas muy queridas para mí. Les debo un post. O más. No es éste.
Sin embargo:
Estuvimos en un colegio estupendo, bastante alemán, pero estupendo. Un colegio caro y sólido, con excelentes vistas a futuro. Pero claro, no todo sale siempre como uno espera. En primero y segundo de primaria tuvimos como tutor del salón a un profesor peruano, el profesor V., para mayores señas. El profesor V. era un tipo flaco, criollón, malgeniado. Tenía la piel acartonada de los fumadores. Su sonrisa daba miedo. Era filuda. Me gustaría hablar con su psicoterapeuta,- si alguna vez lo tuvo, -para preguntarle qué fue lo que lo indispuso tanto contra los párvulos en general. Le gustaba agarrársela con Jano, que era chiquitito. Le jalaba las orejas hasta levantarlo del piso. Lo sentaba encima del armario. Alguna vez lo metió en el tacho de la basura. Era un monstruo. Todos temblábamos ante él. Había algo en su voz metálica que me recordaba al lobo feroz. Le temíamos.
El profesor V. gustaba de utilizar un San Martincito, como él lo llamaba. Era una regla dura y ancha. De madera. Gustaba de darnos con ella. Pero lo peor no era el golpe. Lo peor era que el muy hijodeputa te hacía pasar al frente y agacharte como cuando los gatos mueren. Y así, inclinado, culierguido, te daba un buen par de reglazos en el rabo frente a todo el salón. Te quedaba picando de verdad y rabia. Los ojos inyectados en sueños de venganza. A mi nunca me había dado. Simplemente supongo que no me lo había buscado. Era , hasta ese día, una niña tranquila, lúdica pero respetuosa, incluso reservada.
Hasta ese día.
Teníamos tarea. Había que pintar un mapita con lápices de color. Yo, como otros, tarjé mis lápices y boté la viruta al piso. Gracias a Dios, estaba allí nuestro amado maestro para enseñarnos que eso no se hacía. Los cuatro, al frente. No recuerdo si le había dado antes a alguna chica con el San Martín. Los chicos se levantaron resignados de sus sillas e hicieron una fila de penitentes. El resto del salón comentaba y reía nervioso entre dientes. Pasó el primero. Agáchate. Silencio. El San Martín corta el aire y encuentra el culo jóven. Azote. Tss, ay, dice el primero y se va rabopicante a su lugar. Pasa el siguiente. También el tercero. Nadie mete chacota porque saben que se ganan una saludada. Me toca. Mi corazón late fuerte. Me toca. Miro a mi maestro. Tengo siete años. Miro sus ojos, adentro. Miro al hombre. Tiemblo. Lo veo adentro. Tiene miedo. Tienes rabia. Esto lo haces sin sentido. Te divierte. Han sido cruel conigo. Lo comprendo. Te comprendo. Agáchate. Su voz cachosa retumba en mis oídos. Su burla metálica en mi corazón. Agitado. Agáchate, qué esperas. Te miro. Decido. No me agacho nada, viejo de mierda. No te lo grito por que tengo siete años. Agáchate, he dicho. Te miro. No me agacho nada, perro, entérate. Llévame al director. Que llamen a mis viejos. Pero no me agacho, porque te he descubierto. Nos pegas por diversión. Te gusta vernos humillados. Hijodeputa. No me agacho nada. Te miro. Te sostengo la mirada. Me pregunto si me darás una cachetada. Qué será de mí. Nunca he retado a nadie. Pero hoy te reto a tí. No me agacho nada. No sé que pasará. Pero te he descubierto. Mira mis ojos. Viejo cabrón. Maestro de mierda.
Silencio. En el salón se puede oír la garúa cayendo afuera. Yo no oigo nada. Oigo la sangre que bombea mi corazón. Me miras, V. Me mides. Sonríes escalofriante. Segundos como horas. Abres por fin tu boca seca y dices, Esa, mi Chica Veneno. A sentarse.
Me quedo clavada en la tierra. No se bien qué hacer. El sentido común me dice que me siente. Pero quería seguir ahí. Mirándote. No hacer. No lo que tú quieres. Seria, reconozco mi victoria y voy a senatrme. No sé si alucino pero siento algo nuevo. Mis compañeros me miran mudos. El profe se hace el loco y sigue la clase. Algo nuevo. Respeto. Y en mi mente retumbando sus palabras. Esa, mi Chica Veneno. Los ojos llenos de lágrimas por no parpadear. Lágrimas dulces de no bajar la mirada. No me agacho nada. Descubrir el ojito fiero. Poder.
Un halo feroz me cubre desde ese día. Sin querer. Les quedó grabado a mis compañeros que yo era brava, y me quedó grabado a mí también. Tú puedes. Tú tienes el poder. El poder de ser tú mismo. No pasa nada si lo eres. Sólo sorprendes a los demás, acostumbrados a ceder a su temor. Yo tengo los riñones jodidos hoy en día, ya no puedo abusar de ellos. Para mí, está claro que en los riñones se aloja el miedo. Con lo que digo que en realidad tengo miedo, tengo siempre mucho miedo. Pero comprendí que tener miedo y ser cobarde no es lo mismo. No me jode tener miedo. Pero sí que me jode sentirme cobarde.
No me lo permití más. Comprendí que una de mis misiones en esta vida era enfrentar día a día a mi Inmenso Temor. Por que en él residía el Maligno. El miedo me lleva a la codicia, a la envidia, a la ira, a la confusión. Así que lo hice todo. Desde ese día comprendí que debía hacer todo lo que me diera miedo. Caminar en la casa a oscuras. Atreverme a ir al baño de noche. Arriesgarme a ir siempre un poco más allá con mi bicicleta, aunque hubiera que cruzar el Barrio Gris. Del que hablaré en otra ocasión. Tirarme del puente. Viajar. Vivir sola. Estudiar teatro. Atreverme a creer que soy divina y amada, Hija de Dios. Desconocer el destino que mi madre tenía preparado para mí. Creer en mí. Todo. Todo eso se lo debo al profe V., cuando sorprendido me dijo la frase que indicó mi salvación, Esa, mi Chica Veneno.
Siempre me gustó esa canción, además. Decidí que era así. Yo era la Chica Veneno. Que nadie se acerque a hacerme daño. Porque lo lamentará. Podrá llevarme de encuentro pero no saldrá ileso. Nada me tocará. Nadie podrá perturbarme. Bueno, sólo mami. Sólo ella. Hasta que aprenda cómo impedírselo. Porque con ella no funcionan estas técnicas. Ella me parió. Sabe quién soy. Sabe de mis fantasmas solitarios. De mi pena prenatal. De mi debilidad por la ternura. Ella sabe todo. Y en todo caso, si yo soy la Chica Veneno, pues ella sería Madre Veneno. No, esto no funcionaría con ella. Pero sí con todos los demás. Cuando mi padre vió por primera vez mi ojito fiero, no recuerdo porqué, casi me besa. Se hizo el loco, porque sabe hacer que los demás sientan el peso de la jerarquía. Pero no se me escapó el asomo de una sonrisa. Claro. Lo que se hereda, no se hurta.
En fin. Gracias al coraje y la falta de respeto a la imágenes institucionales que aprendí de mi buen maestro el profesor V. , en el año 94, después de terminar colegio y de sacar mi libreta electoral, me fuí a vivir a la ciudad del Cuzco. Este viaje... bueno, pues merece sin dudas su propio post. Sólo diré que llegué a la ciudad del Cielo un día gris y chato, limeño. Al mes comprendí que tenía que hacer algo con lo último que me quedaba de dinero, conseguir un cuarto, algo. Ya no podría vivir más en un hostal. Necesitaba una pensión. Y un empleo. Siempre supe que iría a Cuzco a parchar, porque deseé hacerlo desde la primera vez que ví un hippie en esa ciudad. Que ahora que lo pienso fue a los siete años, año de la viruta y de la Rebelión de la Niña Veneno. Me hablaron de esta casa en Tanda Pata, en San Blas. Número 164. Toco la puerta, y si mal no recuerdo, Rosa - como la mitad de las mujeres de mi familia- me abre la puerta, me sonríe, le gusto y me alquila una habitación. Sólo tengo doscientos soles, señora. Dos meses. Me instalo. Escogí este cuarto porque es pequeño. El más pequeño. Tendré frío cuando llegue la helada. No me conviene un cuarto grande. Y éste es alto, además. Queda encima de un baño, pero no huele mal. En la sierra, rara vez algo huele mal. El frío inhibe la peste. Sólo me bastó abrir la ventana pequeña para saberlo. Aquí me quedo, aquí. En la cima de San Blas. Te veo, Cuzco. Me esperabas. Me llamaste. Aquí estoy, Padre. Dígame por dónde debo seguir. Los dos meses pasan rápido y ya no tengo plata. Estoy parchando en la plaza de día con todos los hermanos que viven en la Chola y en nuestra casa, que hemos bautizado como Intiwasi. Gano un aproximado de cinco soles al día y con eso no me alganza. Necesito un empleo. Y alguien con quién compartir mi nimia habitación.
Tú no. Tú tampoco. Amo mucho a mis nuevos hermanos pero no confío del todo en ellos. Sé que me les gustaría tirarme. Está bien. No lo censuro. Pero no dormiré en paz y menos borracha. Las chicas son pocas. Casi todas tienen novio. Esposo. hijos. Y las pocas que no, me resultan sospechosas. Algo no me gusta en el fondo de su mirada. Pago el daño hecho por todos los blancos a lo largo de la historia. Lo comprendo. Me someto. Comparto, si lo aceptan, abrazos y sonrisas. Pero no comparto mi cuarto. No ahora. Vengo de Lima, de la casa de mi madre, donde he sufrido tortura. Bajo caminando a la plaza. Es de noche. Hace frío. Se acerca la helada. No tengo, naturalmente, dinero para regresar. Lo duro esta vez, es que por primera vez tampoco mi padre me podría ayudar. Tal vez ni siquiera si volviera vestida de madera. Estamos jodidos. Jodidos. Bajo. Amo la vida de las plazas. Pero amo sobre todo la vida de esta plaza, donde el tiempo hierve detenido. Saludo a los parceros. Los quiero de verdad y para siempre. En verdad. Algunos, hoy ya están alimentando gusanos. Naturalmente. Eso no extraña a nadie.
Te veo entre la gente. Eres alto. No he visto tu cara. Tu ropa es vieja y sucia. Tu pelo extraño. Eres alto. Tus ojotas dejan tus pies desnudos y te cubres con una manta vieja que luego me confesarás es de un perro. En ese momento no sabía de tí, de tu busqueda. No sabía que habías regalado todo buscando anular tu ego. No sabía nada de tí. Pero te ví. Y supe. Como he sabido siempre todo, aunque me haya esforzado en confundirme. Me acerco a tí. Hola, ¿cómo te llamas? N. ¿y tu? K. ¿Acabas de llegar? Si. ¿Tienes dónde vivir? En eso estoy. Ven a mi casa. Te invito. Necesito pagar mi cuarto a medias. Ven a mi casa, te espero.
N. no llegó. Lo encontré tiempo después y me confesó que no había venido porque no había confiado en mí. Era muy raro eso. ¿Cómo lo había invitado sin conocerlo?. Pensó que le robaría. ¿Yo?... Lo mandé al carajo. También si quieres, salame. N. aceptó, y vino a vivir conmigo. Mi querido, querido compañero. A veces la vida te premia conociendo gente extraordinaria. A veces pienso que escribo por si acaso la pena me vence un día y lo olvido todo. Hay personas y lugares que no quiero olvidar nunca. Hasta que me venza la nostalgia.
El otro día me fuí a el concierto de vuelta de Soda Stereo. Dicen que el primero estuvo increíble, pero yo fuí a la segunda fecha. La entradas para el primero volaron. Es facinante entrar a un estadio lleno de gente. Es una sensación impresionante. Para mí, ver a toda esa gente en las tribunas es como presenciar un tsunami. Como flotar en una balsa con el mar bravo. Sin embargo, la gente estaba apagada. Apagada. Habían pagado. Habían sacrificado su noche dominical. Habían llegado hasta ahí a soplarse el tráfico de salida, el riesgo de estampida por terremoto, etc. Supuestamente, con fines de entretenimiento. Nada. Parecíamos un estadio de suecos. Jamás nos ví más nórdicos. Se me fue la moral al piso. ¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando con nosotros? Yo he pagado esta entrada. He venido desde Huachipa. Voy a irme sola de noche, a jugarme el pellejo en la carretera sólo por venir a vivir este momento. Con ustedes. Muertos. Todos muertos. Cerati no podía esconder su sorpresa. ¿Están bien? Preguntaba. Qué cólera. El estadio lleno. Yo estoy cerca, muy cerca, abajo en el campo. Seguro que de arriba pueden vernos. Seguro ue del escenario pueden vernos. Todos muertos. Ovejas. Decido. Bailo. Jódanse todos, yo bailo. No suelo gastar mi plata por las huevas. No estoy acostumbrada a ceder a mi autocensura. Hace tiempo comprendí que la realidad no existe. El qué dirán no existe, no conozco a esa gente. Y si la conozco, me importa si me ama. Y si me ama, respetará lo que hago aunque no lo comprenda. Así que, racionalmente, me importa un pito la gente. Pero claro, eso es siempre un decir.
La verdad es que cuando eres el único kojudo, lúcido o no, bailando entregadamente en un mar de impávidos, es posible que sientas un plomo denso impidiéndote el vacilón autoimpuesto. Hay que hacer un gran esfuerzo. Disponer de mucha enrgía. Lo bueno es que Dios los hace y ellos se juntan. Así que de pronto tenía un par de desadaptados a mi lado, bailando con frenesí. Parecíamos concientes de que la vida puede acabar ahora mismo. Lo pasamos bien dentro de lo posible. Por lo menos, me gustaba estar entre gente a mi parecer valiente, auténtica, aparentemente conciente de lo breve de la vida. Al final del concierto hubo que irse a casa. Había ido sola. Si Ud. no es limeño, no sabe lo que es Lima. Chaveta borracha que asoma silbando una salsa sabrosa. El centro es un post aparte. Y cuentan, los que han estado por ahí, que las inmediaciones del Estadio Nacional tienen un perverso parecido con el patio anterior del Infierno. Si, soy brava. Pero no kojuda. De ahí no debes salir en singular. Dejas el estadio en mancha. En caso de tumulto por concierto, mínimo de a dos. Así que me giro a uno de los Bailarines de la Cósmica Conciencia del Momento, al que no tenía novia mirando feo a la chica que baila-sola-y-sonrie-a-todos, y le pregunto si tiene alguna idea de cómo salir de ahí. Si, me dice, Tengo que encontrarme con mi hermano y su novia. ¡Okey!, pienso y pregunto si me podrán jalar a donde sea conveniente tomar un taxi, porque mi auto está en Miraflores, que es otro distrito. El chico es misterioso. Siempre me ha gustado eso en la gente. Cuando es genuino. Por lo menos, me despierta la curiosidad. Le pregunto ¿Qué haces? Soy policía, me dice. Grave, bajo, asolapado. Tombo, sin duda. ¡Uf! Me entusiasmo. ¡Tombo! No aguanto y le digo, Y yo fumándome tronchos a tu lado. Me hubiera resultado igualmente excitante si me hubiera dicho que era asaltante de bancos. Qué quieren. Tengo debilidad por los buenos y por los malos. Amo a la gente extraña. Y qué más raro que un tombo. Un tombo peruano. Me pareció sensacional. Y lógico. Claro, a éste qué le va a importar lo que diga la gente. Me sentí protegida, también. No porque fuera tombo, sino porque no creo en las casualidades. Todo es por algo en mi mundo. Dios me cuida. Me pareció lógico que me enviara un tombo joven y soltero para mi salida.
Salimos. Nunca encontramos a su hermano o a su novia. Tomamos un bus. Maravilloso. No tomaba una 73 desde hacía años. Demasiado tiempo. Bajamos. Adios, le digo, porque cuando ando confundida no ando de amores y además te huelo casado y padre por lo menos de uno. Me pides mi correo. Bueno. Te lo digo al vuelo. Lo recuerdas contra todo pronóstico. Me escribes. En mi fantasía imagino que lo conseguiste porque los tombos consiguen todo, y a esa altura mi fantasía francamente me da miedo. Hay que recordar siempre que yo sería, más bien, del otro bando. Conversamos. El chat es inquietante. Enmascarado por la pantalla. Anárquico. Incierto. Escribes. En tu plantilla se te ve con un bebe. Acierto. Me cuentas que tu esposa se fue de viaje y se llevó a tu cachorrito. Me cuentas, que estás solo. Mmm. Qué horror. Pobechito. Te doy cuerda. No me voy a tomar contigo ni una chela. No me gusta cargar con el karma de ser la fulana con la que las esposas se revuelven en pesadillas gástricas. No me gusta cargar karmas en general. Estoy por cortarte, y te hago una broma más de las cincuenta que te he hecho en relación a tu tombez. Y de pronto, me escribes. ¿Sabes K.? Tengo que confesarte una cosa. No soy Policía.
Me había mentido. Me mintió porque le pareció raro, tu entiendes, Como conversabas y eras así, súper amigable...pensó que lo iba a poner a la salida, que estaba acompáñada por algún avezado que lo esperaba en la sombra. tuvo miedo. Miedo de mí. De mi sonrisa gratis. De mi sensualidad. De mi asumida locura. Estuve por mandarlo al carajo. Me gustan los policías y los ladrones, pero no los inventadores. Imaginé de pronto su cara al otro extremo de la fibra óptica. Ví sus ojos. Ví adentro del temblor en el brillo de sus pupilas. Tienes miedo. Recordé el temor en los ojos de los taxistas que a veces no quieren llevarme sola de noche a Huachipa. Siempre me hacen sonreír. Me miran y me miden, pero algo en mi mirada les hace sospechar que estoy armada, o que subiré al auto a algún amante armado en un descuido. Recordé quién soy. Recordé que soy la Chica Veneno. Me diste ternura y comprendí tu miedo. Sin embargo, por molestar te lo dije, Qué decepción. Con la ilusión que me hacía el uniforme. Estuviste a punto de enrolarte en ese instante. Manos arriba. Separe las piernas.
Cuando estoy confundida no me enredo. Lo dije sólo por molestar un poco. Sólo para que la próxima vez creas un poco más en Dios. En tí. En todas las sorpresas que te tiene guardadas el Cosmos. Esperando.
Me hace gracia. Me siento como un gusano pequeño con manchas grandes como ojos que asustan a los pájaros hambrientos. Tiemblen. Yo soy la Chica Veneno.
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Regina, este post te lo dedico a tí, por ser la segunda vez que me arreas y me sientas a escribir. Muchas gracias.
Sin embargo:
Estuvimos en un colegio estupendo, bastante alemán, pero estupendo. Un colegio caro y sólido, con excelentes vistas a futuro. Pero claro, no todo sale siempre como uno espera. En primero y segundo de primaria tuvimos como tutor del salón a un profesor peruano, el profesor V., para mayores señas. El profesor V. era un tipo flaco, criollón, malgeniado. Tenía la piel acartonada de los fumadores. Su sonrisa daba miedo. Era filuda. Me gustaría hablar con su psicoterapeuta,- si alguna vez lo tuvo, -para preguntarle qué fue lo que lo indispuso tanto contra los párvulos en general. Le gustaba agarrársela con Jano, que era chiquitito. Le jalaba las orejas hasta levantarlo del piso. Lo sentaba encima del armario. Alguna vez lo metió en el tacho de la basura. Era un monstruo. Todos temblábamos ante él. Había algo en su voz metálica que me recordaba al lobo feroz. Le temíamos.
El profesor V. gustaba de utilizar un San Martincito, como él lo llamaba. Era una regla dura y ancha. De madera. Gustaba de darnos con ella. Pero lo peor no era el golpe. Lo peor era que el muy hijodeputa te hacía pasar al frente y agacharte como cuando los gatos mueren. Y así, inclinado, culierguido, te daba un buen par de reglazos en el rabo frente a todo el salón. Te quedaba picando de verdad y rabia. Los ojos inyectados en sueños de venganza. A mi nunca me había dado. Simplemente supongo que no me lo había buscado. Era , hasta ese día, una niña tranquila, lúdica pero respetuosa, incluso reservada.
Hasta ese día.
Teníamos tarea. Había que pintar un mapita con lápices de color. Yo, como otros, tarjé mis lápices y boté la viruta al piso. Gracias a Dios, estaba allí nuestro amado maestro para enseñarnos que eso no se hacía. Los cuatro, al frente. No recuerdo si le había dado antes a alguna chica con el San Martín. Los chicos se levantaron resignados de sus sillas e hicieron una fila de penitentes. El resto del salón comentaba y reía nervioso entre dientes. Pasó el primero. Agáchate. Silencio. El San Martín corta el aire y encuentra el culo jóven. Azote. Tss, ay, dice el primero y se va rabopicante a su lugar. Pasa el siguiente. También el tercero. Nadie mete chacota porque saben que se ganan una saludada. Me toca. Mi corazón late fuerte. Me toca. Miro a mi maestro. Tengo siete años. Miro sus ojos, adentro. Miro al hombre. Tiemblo. Lo veo adentro. Tiene miedo. Tienes rabia. Esto lo haces sin sentido. Te divierte. Han sido cruel conigo. Lo comprendo. Te comprendo. Agáchate. Su voz cachosa retumba en mis oídos. Su burla metálica en mi corazón. Agitado. Agáchate, qué esperas. Te miro. Decido. No me agacho nada, viejo de mierda. No te lo grito por que tengo siete años. Agáchate, he dicho. Te miro. No me agacho nada, perro, entérate. Llévame al director. Que llamen a mis viejos. Pero no me agacho, porque te he descubierto. Nos pegas por diversión. Te gusta vernos humillados. Hijodeputa. No me agacho nada. Te miro. Te sostengo la mirada. Me pregunto si me darás una cachetada. Qué será de mí. Nunca he retado a nadie. Pero hoy te reto a tí. No me agacho nada. No sé que pasará. Pero te he descubierto. Mira mis ojos. Viejo cabrón. Maestro de mierda.
Silencio. En el salón se puede oír la garúa cayendo afuera. Yo no oigo nada. Oigo la sangre que bombea mi corazón. Me miras, V. Me mides. Sonríes escalofriante. Segundos como horas. Abres por fin tu boca seca y dices, Esa, mi Chica Veneno. A sentarse.
Me quedo clavada en la tierra. No se bien qué hacer. El sentido común me dice que me siente. Pero quería seguir ahí. Mirándote. No hacer. No lo que tú quieres. Seria, reconozco mi victoria y voy a senatrme. No sé si alucino pero siento algo nuevo. Mis compañeros me miran mudos. El profe se hace el loco y sigue la clase. Algo nuevo. Respeto. Y en mi mente retumbando sus palabras. Esa, mi Chica Veneno. Los ojos llenos de lágrimas por no parpadear. Lágrimas dulces de no bajar la mirada. No me agacho nada. Descubrir el ojito fiero. Poder.
Un halo feroz me cubre desde ese día. Sin querer. Les quedó grabado a mis compañeros que yo era brava, y me quedó grabado a mí también. Tú puedes. Tú tienes el poder. El poder de ser tú mismo. No pasa nada si lo eres. Sólo sorprendes a los demás, acostumbrados a ceder a su temor. Yo tengo los riñones jodidos hoy en día, ya no puedo abusar de ellos. Para mí, está claro que en los riñones se aloja el miedo. Con lo que digo que en realidad tengo miedo, tengo siempre mucho miedo. Pero comprendí que tener miedo y ser cobarde no es lo mismo. No me jode tener miedo. Pero sí que me jode sentirme cobarde.
No me lo permití más. Comprendí que una de mis misiones en esta vida era enfrentar día a día a mi Inmenso Temor. Por que en él residía el Maligno. El miedo me lleva a la codicia, a la envidia, a la ira, a la confusión. Así que lo hice todo. Desde ese día comprendí que debía hacer todo lo que me diera miedo. Caminar en la casa a oscuras. Atreverme a ir al baño de noche. Arriesgarme a ir siempre un poco más allá con mi bicicleta, aunque hubiera que cruzar el Barrio Gris. Del que hablaré en otra ocasión. Tirarme del puente. Viajar. Vivir sola. Estudiar teatro. Atreverme a creer que soy divina y amada, Hija de Dios. Desconocer el destino que mi madre tenía preparado para mí. Creer en mí. Todo. Todo eso se lo debo al profe V., cuando sorprendido me dijo la frase que indicó mi salvación, Esa, mi Chica Veneno.
Siempre me gustó esa canción, además. Decidí que era así. Yo era la Chica Veneno. Que nadie se acerque a hacerme daño. Porque lo lamentará. Podrá llevarme de encuentro pero no saldrá ileso. Nada me tocará. Nadie podrá perturbarme. Bueno, sólo mami. Sólo ella. Hasta que aprenda cómo impedírselo. Porque con ella no funcionan estas técnicas. Ella me parió. Sabe quién soy. Sabe de mis fantasmas solitarios. De mi pena prenatal. De mi debilidad por la ternura. Ella sabe todo. Y en todo caso, si yo soy la Chica Veneno, pues ella sería Madre Veneno. No, esto no funcionaría con ella. Pero sí con todos los demás. Cuando mi padre vió por primera vez mi ojito fiero, no recuerdo porqué, casi me besa. Se hizo el loco, porque sabe hacer que los demás sientan el peso de la jerarquía. Pero no se me escapó el asomo de una sonrisa. Claro. Lo que se hereda, no se hurta.
En fin. Gracias al coraje y la falta de respeto a la imágenes institucionales que aprendí de mi buen maestro el profesor V. , en el año 94, después de terminar colegio y de sacar mi libreta electoral, me fuí a vivir a la ciudad del Cuzco. Este viaje... bueno, pues merece sin dudas su propio post. Sólo diré que llegué a la ciudad del Cielo un día gris y chato, limeño. Al mes comprendí que tenía que hacer algo con lo último que me quedaba de dinero, conseguir un cuarto, algo. Ya no podría vivir más en un hostal. Necesitaba una pensión. Y un empleo. Siempre supe que iría a Cuzco a parchar, porque deseé hacerlo desde la primera vez que ví un hippie en esa ciudad. Que ahora que lo pienso fue a los siete años, año de la viruta y de la Rebelión de la Niña Veneno. Me hablaron de esta casa en Tanda Pata, en San Blas. Número 164. Toco la puerta, y si mal no recuerdo, Rosa - como la mitad de las mujeres de mi familia- me abre la puerta, me sonríe, le gusto y me alquila una habitación. Sólo tengo doscientos soles, señora. Dos meses. Me instalo. Escogí este cuarto porque es pequeño. El más pequeño. Tendré frío cuando llegue la helada. No me conviene un cuarto grande. Y éste es alto, además. Queda encima de un baño, pero no huele mal. En la sierra, rara vez algo huele mal. El frío inhibe la peste. Sólo me bastó abrir la ventana pequeña para saberlo. Aquí me quedo, aquí. En la cima de San Blas. Te veo, Cuzco. Me esperabas. Me llamaste. Aquí estoy, Padre. Dígame por dónde debo seguir. Los dos meses pasan rápido y ya no tengo plata. Estoy parchando en la plaza de día con todos los hermanos que viven en la Chola y en nuestra casa, que hemos bautizado como Intiwasi. Gano un aproximado de cinco soles al día y con eso no me alganza. Necesito un empleo. Y alguien con quién compartir mi nimia habitación.
Tú no. Tú tampoco. Amo mucho a mis nuevos hermanos pero no confío del todo en ellos. Sé que me les gustaría tirarme. Está bien. No lo censuro. Pero no dormiré en paz y menos borracha. Las chicas son pocas. Casi todas tienen novio. Esposo. hijos. Y las pocas que no, me resultan sospechosas. Algo no me gusta en el fondo de su mirada. Pago el daño hecho por todos los blancos a lo largo de la historia. Lo comprendo. Me someto. Comparto, si lo aceptan, abrazos y sonrisas. Pero no comparto mi cuarto. No ahora. Vengo de Lima, de la casa de mi madre, donde he sufrido tortura. Bajo caminando a la plaza. Es de noche. Hace frío. Se acerca la helada. No tengo, naturalmente, dinero para regresar. Lo duro esta vez, es que por primera vez tampoco mi padre me podría ayudar. Tal vez ni siquiera si volviera vestida de madera. Estamos jodidos. Jodidos. Bajo. Amo la vida de las plazas. Pero amo sobre todo la vida de esta plaza, donde el tiempo hierve detenido. Saludo a los parceros. Los quiero de verdad y para siempre. En verdad. Algunos, hoy ya están alimentando gusanos. Naturalmente. Eso no extraña a nadie.
Te veo entre la gente. Eres alto. No he visto tu cara. Tu ropa es vieja y sucia. Tu pelo extraño. Eres alto. Tus ojotas dejan tus pies desnudos y te cubres con una manta vieja que luego me confesarás es de un perro. En ese momento no sabía de tí, de tu busqueda. No sabía que habías regalado todo buscando anular tu ego. No sabía nada de tí. Pero te ví. Y supe. Como he sabido siempre todo, aunque me haya esforzado en confundirme. Me acerco a tí. Hola, ¿cómo te llamas? N. ¿y tu? K. ¿Acabas de llegar? Si. ¿Tienes dónde vivir? En eso estoy. Ven a mi casa. Te invito. Necesito pagar mi cuarto a medias. Ven a mi casa, te espero.
N. no llegó. Lo encontré tiempo después y me confesó que no había venido porque no había confiado en mí. Era muy raro eso. ¿Cómo lo había invitado sin conocerlo?. Pensó que le robaría. ¿Yo?... Lo mandé al carajo. También si quieres, salame. N. aceptó, y vino a vivir conmigo. Mi querido, querido compañero. A veces la vida te premia conociendo gente extraordinaria. A veces pienso que escribo por si acaso la pena me vence un día y lo olvido todo. Hay personas y lugares que no quiero olvidar nunca. Hasta que me venza la nostalgia.
El otro día me fuí a el concierto de vuelta de Soda Stereo. Dicen que el primero estuvo increíble, pero yo fuí a la segunda fecha. La entradas para el primero volaron. Es facinante entrar a un estadio lleno de gente. Es una sensación impresionante. Para mí, ver a toda esa gente en las tribunas es como presenciar un tsunami. Como flotar en una balsa con el mar bravo. Sin embargo, la gente estaba apagada. Apagada. Habían pagado. Habían sacrificado su noche dominical. Habían llegado hasta ahí a soplarse el tráfico de salida, el riesgo de estampida por terremoto, etc. Supuestamente, con fines de entretenimiento. Nada. Parecíamos un estadio de suecos. Jamás nos ví más nórdicos. Se me fue la moral al piso. ¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando con nosotros? Yo he pagado esta entrada. He venido desde Huachipa. Voy a irme sola de noche, a jugarme el pellejo en la carretera sólo por venir a vivir este momento. Con ustedes. Muertos. Todos muertos. Cerati no podía esconder su sorpresa. ¿Están bien? Preguntaba. Qué cólera. El estadio lleno. Yo estoy cerca, muy cerca, abajo en el campo. Seguro que de arriba pueden vernos. Seguro ue del escenario pueden vernos. Todos muertos. Ovejas. Decido. Bailo. Jódanse todos, yo bailo. No suelo gastar mi plata por las huevas. No estoy acostumbrada a ceder a mi autocensura. Hace tiempo comprendí que la realidad no existe. El qué dirán no existe, no conozco a esa gente. Y si la conozco, me importa si me ama. Y si me ama, respetará lo que hago aunque no lo comprenda. Así que, racionalmente, me importa un pito la gente. Pero claro, eso es siempre un decir.
La verdad es que cuando eres el único kojudo, lúcido o no, bailando entregadamente en un mar de impávidos, es posible que sientas un plomo denso impidiéndote el vacilón autoimpuesto. Hay que hacer un gran esfuerzo. Disponer de mucha enrgía. Lo bueno es que Dios los hace y ellos se juntan. Así que de pronto tenía un par de desadaptados a mi lado, bailando con frenesí. Parecíamos concientes de que la vida puede acabar ahora mismo. Lo pasamos bien dentro de lo posible. Por lo menos, me gustaba estar entre gente a mi parecer valiente, auténtica, aparentemente conciente de lo breve de la vida. Al final del concierto hubo que irse a casa. Había ido sola. Si Ud. no es limeño, no sabe lo que es Lima. Chaveta borracha que asoma silbando una salsa sabrosa. El centro es un post aparte. Y cuentan, los que han estado por ahí, que las inmediaciones del Estadio Nacional tienen un perverso parecido con el patio anterior del Infierno. Si, soy brava. Pero no kojuda. De ahí no debes salir en singular. Dejas el estadio en mancha. En caso de tumulto por concierto, mínimo de a dos. Así que me giro a uno de los Bailarines de la Cósmica Conciencia del Momento, al que no tenía novia mirando feo a la chica que baila-sola-y-sonrie-a-todos, y le pregunto si tiene alguna idea de cómo salir de ahí. Si, me dice, Tengo que encontrarme con mi hermano y su novia. ¡Okey!, pienso y pregunto si me podrán jalar a donde sea conveniente tomar un taxi, porque mi auto está en Miraflores, que es otro distrito. El chico es misterioso. Siempre me ha gustado eso en la gente. Cuando es genuino. Por lo menos, me despierta la curiosidad. Le pregunto ¿Qué haces? Soy policía, me dice. Grave, bajo, asolapado. Tombo, sin duda. ¡Uf! Me entusiasmo. ¡Tombo! No aguanto y le digo, Y yo fumándome tronchos a tu lado. Me hubiera resultado igualmente excitante si me hubiera dicho que era asaltante de bancos. Qué quieren. Tengo debilidad por los buenos y por los malos. Amo a la gente extraña. Y qué más raro que un tombo. Un tombo peruano. Me pareció sensacional. Y lógico. Claro, a éste qué le va a importar lo que diga la gente. Me sentí protegida, también. No porque fuera tombo, sino porque no creo en las casualidades. Todo es por algo en mi mundo. Dios me cuida. Me pareció lógico que me enviara un tombo joven y soltero para mi salida.
Salimos. Nunca encontramos a su hermano o a su novia. Tomamos un bus. Maravilloso. No tomaba una 73 desde hacía años. Demasiado tiempo. Bajamos. Adios, le digo, porque cuando ando confundida no ando de amores y además te huelo casado y padre por lo menos de uno. Me pides mi correo. Bueno. Te lo digo al vuelo. Lo recuerdas contra todo pronóstico. Me escribes. En mi fantasía imagino que lo conseguiste porque los tombos consiguen todo, y a esa altura mi fantasía francamente me da miedo. Hay que recordar siempre que yo sería, más bien, del otro bando. Conversamos. El chat es inquietante. Enmascarado por la pantalla. Anárquico. Incierto. Escribes. En tu plantilla se te ve con un bebe. Acierto. Me cuentas que tu esposa se fue de viaje y se llevó a tu cachorrito. Me cuentas, que estás solo. Mmm. Qué horror. Pobechito. Te doy cuerda. No me voy a tomar contigo ni una chela. No me gusta cargar con el karma de ser la fulana con la que las esposas se revuelven en pesadillas gástricas. No me gusta cargar karmas en general. Estoy por cortarte, y te hago una broma más de las cincuenta que te he hecho en relación a tu tombez. Y de pronto, me escribes. ¿Sabes K.? Tengo que confesarte una cosa. No soy Policía.
Me había mentido. Me mintió porque le pareció raro, tu entiendes, Como conversabas y eras así, súper amigable...pensó que lo iba a poner a la salida, que estaba acompáñada por algún avezado que lo esperaba en la sombra. tuvo miedo. Miedo de mí. De mi sonrisa gratis. De mi sensualidad. De mi asumida locura. Estuve por mandarlo al carajo. Me gustan los policías y los ladrones, pero no los inventadores. Imaginé de pronto su cara al otro extremo de la fibra óptica. Ví sus ojos. Ví adentro del temblor en el brillo de sus pupilas. Tienes miedo. Recordé el temor en los ojos de los taxistas que a veces no quieren llevarme sola de noche a Huachipa. Siempre me hacen sonreír. Me miran y me miden, pero algo en mi mirada les hace sospechar que estoy armada, o que subiré al auto a algún amante armado en un descuido. Recordé quién soy. Recordé que soy la Chica Veneno. Me diste ternura y comprendí tu miedo. Sin embargo, por molestar te lo dije, Qué decepción. Con la ilusión que me hacía el uniforme. Estuviste a punto de enrolarte en ese instante. Manos arriba. Separe las piernas.
Cuando estoy confundida no me enredo. Lo dije sólo por molestar un poco. Sólo para que la próxima vez creas un poco más en Dios. En tí. En todas las sorpresas que te tiene guardadas el Cosmos. Esperando.
Me hace gracia. Me siento como un gusano pequeño con manchas grandes como ojos que asustan a los pájaros hambrientos. Tiemblen. Yo soy la Chica Veneno.
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Regina, este post te lo dedico a tí, por ser la segunda vez que me arreas y me sientas a escribir. Muchas gracias.
lunes, 3 de diciembre de 2007
Mi Novela Útil
En Lima, Perú, estámos refrescando una antigua actividad. Oír radionovelas. Tal vez pensará Ud. que le estoy tomando el pelo, en plena era de internets varias y de cafeteras con cámara included. Pero nada más lejano de la verdad. Hace ya varios años, mi querido amigo Alonso A. me contó el proyecto. Se llamará Mi Novela Favorita, me dijo. Y es una selección de cincuenta novelas, aproximadamente, que dramatizaremos y pasaremos por radio. La selección la hará El Gran Hombre. El Gran Hombre es Mario Vargas Llosa. Pero suena muy rimbombante MVLL vendrá a grabar, MVLL dijo que sí, a MVLL le gustó... así que simplemente lo llamamos el Gran Hombre, como una suerte de cabeza simbólica del proyecto. La cabeza real, es Alonso A. El invita a los escritores a hacer las adaptaciones para radio, delega el trabajo de producción y da el visto bueno sobre las voces de los actores. Además dirige in situ.
Y eso es algo lindo de ver. En una pequeña isla de audio en el estudio de Audio Post- tal vez no es pequeña, pero somos un batallón-, nos encontramos los actores. Afuera, Alonso cierra los ojos mientras mira la película. A., el ingeniero de sonido egresado de Hogwarts, escucha con la columna atenta. Algunas veces se trata de escenas casi privadas de uno, dos o máximo tres actores incluyendo al narrador. Otras veces somos un gallinero de nueve, diez, once cómicos, cacareando casi al unísono, recreando grandes gestas, peleas de plaza o linchamientos populares. Pueden imaginar que estar adentro es de lo más simpático.
Yo adoro a mis colegas. Incluso a los insoportables. Incluso a los que no fuman y joden porque yo huelo a tabacos varios. Estar con ellos trabajando es siempre un poco volver al patio del colegio, a la broma indispensable. La gran mayoría- o la mayoría que actualmente trabaja- goza de un saludabilísimo sentido del humor. La broma inminente es un estado de trabajo. Esto no le resta, naturalmente, seriedad a la representación, al contrario. Le da frescura. Le da lo que nosotros conocemos como sonrisa interior. Que tan bien vende. Y que no es otra cosa que ganas de vivir y de reír. Vitalidad. Eso, se transmite por la voz. Y los actores sabemos cómo alcanzarlo. Aunque por dentro estemos muriendo, sabemos reír generosamente. De hecho, tal vez sea lo primero que aprendamos a hacer. Cuando hay que repetir una toma muchas veces, ya sea por que un actor no llega al pico de la emoción o porque alguien pasó la página en un mal silencio, conviene mantener el buen humor. Que a veces deriva en saludable chacota que de ninguna manera dura más de treinta segundos. Pero qué efectivos.
Grabamos desde la primera lectura, porque ha habido casos de comunión mágica en que la escena ha quedado desde la primera toma. Que quede, quiere decir que es eso lo que saldrá al aire. Cuando eso pasa, Alonso nos dice Ni ustedes podrían hacerlo mejor, y pasamos a otra cosa. Hay otras veces en que hay que grabar diez veces lo mismo porque recién durante los ensayos vamos descubriendo todos la verdad del momento. La escena, como el ser vivo que es, se revela a veces tímidamente, a veces con franca crudeza. Lo que es sensacional es que Cinthia M., -rubia sabrosa de veintitantos inubicables, asistente del director, productora ejecutiva, encargada de casting y guionista fecunda- te llama la noche anterior y te dice, K. ¿tienes tiempo mañana? Serás Madame Bovary. O serás Ana Karenina. Eso, si eres protagónico o narrador. Lo común es que estos socarrones - pero generalmente, hábiles- representantes de la comedia del mundo lleguen a la cabina sin tener la más peregrina idea de quién serán ese día. Serás la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Espera, no te vayas. Eres la Paloma Cotorra tambien. Extraordinario. Y entonces le preguntas al director, Maestro, y tiene usted alguna idea, alguna imágen que me acerque a la Paloma, y te dice Claro, piensa que es una chismosa, está aburrida de no tener con quién conversar, harta de que le quiten sus huevos, al borde del colapso pollil... Entonces empiezas a actuar. En inglés, to play. Y es eso, verdaderamente. Un juego. Un partido. Tus compañeros te dan risas, gritos, caricias y silencios. Tu devuelves. Recibes y das muerte. Es posible que en dos días hayas sido el Conde de Montecristo, que lo hayas perdido todo y vuelto a recuperar. O que hayas vivido de esperanzas y muerto de desencanto como Madame Bovary. Todo en dos días. Porque si bien podemos ir a trabajar en buzo, si nos place, ya que la cara no se nos ve, la voz no miente. Si los ojos son el espejo del alma, la voz es El Alma. Así que no hay lugar a trucos o trampas escénicas cuando tienes un micro capaz de capturar el rumor que dejan tus lágrimas cuando ruedan por tu rostro.
Lo peor que puede pasar, es que alguno venga a trabajar resfriado. No sólo porque generalmente se le oye fatal y la voz se va aclarando demasiado mientras pasa la mañana- lo que es un problema si piensas que esto se graba como el cine, es decir en total e impune desorden. Y eso quiere decir que puedes empezar el día con la escena final y continuar con el principio, y cosas del género-, sino porque la semana siguiente tendrás un ramillete de actores moqueadores. Si a alguien se le ocurre ir a trabajar de mal humor, puede saber que es la última vez que trabajará allí. Se han visto casos. Y como que a todos nos gusta volver. Te dan sanguchitos. Los colegas son tan amenos. Pagan con justicia. Y es un increíble entrenamiento actoral.
La parte de los guiones es otra cosa. Yo tuve el honor de hacer la versión de radio de La Madre, de Máximo Gorki. Tuve que perseguir a Alonso un tiempo, para que me diera la oportunidad. Alonso, te juro que yo tambien escribo. Gracias a Dios apostó y me dio La Madre. Allí empecé a comprender la grandeza del proyecto. Porque yo nunca había leído ese libro. Como el 80% del pais, probablemente. Tenía en mis manos el deber de intentar hacerle justicia al gran Gorki. Si es eso remotamente posible. Pero más aun, tenía el deber de seducir al perú radial a leer la verdadera Madre depués de oír la nuestra. La verdadera, la de seicientas páginas. Es toda una aventura conseguir que entren seicientas páginas en siete mil palabras. A veces se sacrifican personajes. En mi caso, habían tres Nikolais. Los convertí en uno solo. Es un poco un oprobio. Pero es un sacrificio que se hace en pos de la seducción a la lectura. Cada bloque debe ser atractivo y eso a veces hace que no haya tiempo para desarrollar profundamente los personajes digamos, de reparto. Pero la cosa es que funcionó.
Funcionó. Ahora le dejan de tarea a los chicos en muchos colegios escuchar el programa. Los chicos están escuchando por primera vez algún acercamiento a los grandes de la literatura. Y los no tan chicos, como yo, también. Y qué acercamiento. Con orquesta y caballos que corren desbocados. Yo alucino a nuestro público. He hecho teatro por casi todo el Perú y sé que sólo en las ciudades hay televisores. Y sólo llegan uno o dos canales. Imagino a nuestro público en el monte, agazapadito, escuchando atento. Lo imagino en su canoa, surcando el rio silencioso con su mini radio a pilas. Lo imagino en casa, los grandes y los chicos oyendo. Los grandes recordando los tiempos de la radio. Los jóvenes imaginando paises nuevos, pasados incógnitos. Alucino a nuestro público peruano, humilde y agradecido- si no me creen lean el blog de MNF en RPP- y me provoca llorar de amor y rabia, porque somos un pueblo ávido y curioso y continuamos siendo los parientes pobres del mundo educativo. Hijos de Puta. Grandísimos hijos de puta los que quieren tenernos ignorantes. Porque ése, ése sí es un crimen.
Rpp es una empresa privada, con claros fines de lucro. Y ha visto en la cultura una forma de enriquecerse. Los bendigo. Antes pensaba que la plata era el diablo. Ahora creo que la plata puede traer al diablo. El diablo de no querer que otros también se desarrollen.
Me gusta haber trabajado en Mi Novela Favorita.
Mi Novela Útil, hecha con tanto cariño. Hecha en el Perú.
Y eso es algo lindo de ver. En una pequeña isla de audio en el estudio de Audio Post- tal vez no es pequeña, pero somos un batallón-, nos encontramos los actores. Afuera, Alonso cierra los ojos mientras mira la película. A., el ingeniero de sonido egresado de Hogwarts, escucha con la columna atenta. Algunas veces se trata de escenas casi privadas de uno, dos o máximo tres actores incluyendo al narrador. Otras veces somos un gallinero de nueve, diez, once cómicos, cacareando casi al unísono, recreando grandes gestas, peleas de plaza o linchamientos populares. Pueden imaginar que estar adentro es de lo más simpático.
Yo adoro a mis colegas. Incluso a los insoportables. Incluso a los que no fuman y joden porque yo huelo a tabacos varios. Estar con ellos trabajando es siempre un poco volver al patio del colegio, a la broma indispensable. La gran mayoría- o la mayoría que actualmente trabaja- goza de un saludabilísimo sentido del humor. La broma inminente es un estado de trabajo. Esto no le resta, naturalmente, seriedad a la representación, al contrario. Le da frescura. Le da lo que nosotros conocemos como sonrisa interior. Que tan bien vende. Y que no es otra cosa que ganas de vivir y de reír. Vitalidad. Eso, se transmite por la voz. Y los actores sabemos cómo alcanzarlo. Aunque por dentro estemos muriendo, sabemos reír generosamente. De hecho, tal vez sea lo primero que aprendamos a hacer. Cuando hay que repetir una toma muchas veces, ya sea por que un actor no llega al pico de la emoción o porque alguien pasó la página en un mal silencio, conviene mantener el buen humor. Que a veces deriva en saludable chacota que de ninguna manera dura más de treinta segundos. Pero qué efectivos.
Grabamos desde la primera lectura, porque ha habido casos de comunión mágica en que la escena ha quedado desde la primera toma. Que quede, quiere decir que es eso lo que saldrá al aire. Cuando eso pasa, Alonso nos dice Ni ustedes podrían hacerlo mejor, y pasamos a otra cosa. Hay otras veces en que hay que grabar diez veces lo mismo porque recién durante los ensayos vamos descubriendo todos la verdad del momento. La escena, como el ser vivo que es, se revela a veces tímidamente, a veces con franca crudeza. Lo que es sensacional es que Cinthia M., -rubia sabrosa de veintitantos inubicables, asistente del director, productora ejecutiva, encargada de casting y guionista fecunda- te llama la noche anterior y te dice, K. ¿tienes tiempo mañana? Serás Madame Bovary. O serás Ana Karenina. Eso, si eres protagónico o narrador. Lo común es que estos socarrones - pero generalmente, hábiles- representantes de la comedia del mundo lleguen a la cabina sin tener la más peregrina idea de quién serán ese día. Serás la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Espera, no te vayas. Eres la Paloma Cotorra tambien. Extraordinario. Y entonces le preguntas al director, Maestro, y tiene usted alguna idea, alguna imágen que me acerque a la Paloma, y te dice Claro, piensa que es una chismosa, está aburrida de no tener con quién conversar, harta de que le quiten sus huevos, al borde del colapso pollil... Entonces empiezas a actuar. En inglés, to play. Y es eso, verdaderamente. Un juego. Un partido. Tus compañeros te dan risas, gritos, caricias y silencios. Tu devuelves. Recibes y das muerte. Es posible que en dos días hayas sido el Conde de Montecristo, que lo hayas perdido todo y vuelto a recuperar. O que hayas vivido de esperanzas y muerto de desencanto como Madame Bovary. Todo en dos días. Porque si bien podemos ir a trabajar en buzo, si nos place, ya que la cara no se nos ve, la voz no miente. Si los ojos son el espejo del alma, la voz es El Alma. Así que no hay lugar a trucos o trampas escénicas cuando tienes un micro capaz de capturar el rumor que dejan tus lágrimas cuando ruedan por tu rostro.
Lo peor que puede pasar, es que alguno venga a trabajar resfriado. No sólo porque generalmente se le oye fatal y la voz se va aclarando demasiado mientras pasa la mañana- lo que es un problema si piensas que esto se graba como el cine, es decir en total e impune desorden. Y eso quiere decir que puedes empezar el día con la escena final y continuar con el principio, y cosas del género-, sino porque la semana siguiente tendrás un ramillete de actores moqueadores. Si a alguien se le ocurre ir a trabajar de mal humor, puede saber que es la última vez que trabajará allí. Se han visto casos. Y como que a todos nos gusta volver. Te dan sanguchitos. Los colegas son tan amenos. Pagan con justicia. Y es un increíble entrenamiento actoral.
La parte de los guiones es otra cosa. Yo tuve el honor de hacer la versión de radio de La Madre, de Máximo Gorki. Tuve que perseguir a Alonso un tiempo, para que me diera la oportunidad. Alonso, te juro que yo tambien escribo. Gracias a Dios apostó y me dio La Madre. Allí empecé a comprender la grandeza del proyecto. Porque yo nunca había leído ese libro. Como el 80% del pais, probablemente. Tenía en mis manos el deber de intentar hacerle justicia al gran Gorki. Si es eso remotamente posible. Pero más aun, tenía el deber de seducir al perú radial a leer la verdadera Madre depués de oír la nuestra. La verdadera, la de seicientas páginas. Es toda una aventura conseguir que entren seicientas páginas en siete mil palabras. A veces se sacrifican personajes. En mi caso, habían tres Nikolais. Los convertí en uno solo. Es un poco un oprobio. Pero es un sacrificio que se hace en pos de la seducción a la lectura. Cada bloque debe ser atractivo y eso a veces hace que no haya tiempo para desarrollar profundamente los personajes digamos, de reparto. Pero la cosa es que funcionó.
Funcionó. Ahora le dejan de tarea a los chicos en muchos colegios escuchar el programa. Los chicos están escuchando por primera vez algún acercamiento a los grandes de la literatura. Y los no tan chicos, como yo, también. Y qué acercamiento. Con orquesta y caballos que corren desbocados. Yo alucino a nuestro público. He hecho teatro por casi todo el Perú y sé que sólo en las ciudades hay televisores. Y sólo llegan uno o dos canales. Imagino a nuestro público en el monte, agazapadito, escuchando atento. Lo imagino en su canoa, surcando el rio silencioso con su mini radio a pilas. Lo imagino en casa, los grandes y los chicos oyendo. Los grandes recordando los tiempos de la radio. Los jóvenes imaginando paises nuevos, pasados incógnitos. Alucino a nuestro público peruano, humilde y agradecido- si no me creen lean el blog de MNF en RPP- y me provoca llorar de amor y rabia, porque somos un pueblo ávido y curioso y continuamos siendo los parientes pobres del mundo educativo. Hijos de Puta. Grandísimos hijos de puta los que quieren tenernos ignorantes. Porque ése, ése sí es un crimen.
Rpp es una empresa privada, con claros fines de lucro. Y ha visto en la cultura una forma de enriquecerse. Los bendigo. Antes pensaba que la plata era el diablo. Ahora creo que la plata puede traer al diablo. El diablo de no querer que otros también se desarrollen.
Me gusta haber trabajado en Mi Novela Favorita.
Mi Novela Útil, hecha con tanto cariño. Hecha en el Perú.
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